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Madonna para el tiempo en Nueva York

19:41:11 - 02/05/2008VMT -Incluso en Nueva York hay estrellas y hay mitos. Que Madonna es un mito, alguien cuya magia parece más obra de brujería que de marketing, estaba claro el miércoles a las ocho de la noche en Broadway con la calle 52.
Allá se encuentra el club Roseland, bendecido con el concierto de presentación mundial del nuevo disco de la diosa, «Hard Candy». Un joven pastoreaba a sus amigos por Times Square como Moisés a los judíos por el desierto: les mostraba el camino blandiendo en alto con una mano la portada de una revista dedicada a Madonna; con la otra mano una gran piruleta, es decir, un hard candy.
A las puertas del teatro la diosa mostraba su cara más cruel, la del Viejo Testamento. El concierto estaba anunciado para las diez, pero el público tenía que estar allí horas antes y soportar una bienvenida sólo un poquito más cordial que la que daban en Auschwitz. La gente era alineada con inescrutable lógica en distintas filas para dar su nombre en mesas donde tenían la lista de Schindler de los elegidos para entrar. Quien estaba en la lista («you are good», le decían) no era tatuado con un número, pero sí le calzaban un brazalete que no era fácil quitar sin herramientas. Quien no estaba en la lista recibía gritos y bufidos de desprecio antes de ser borrado de la calle y del mapa.
Lo más tierno era ver cómo se conformaba la gente. Bien es verdad que a caballo regalado es difícil mirarle el dentado, y allí nadie había pagado entrada. En el Roseland caben 2.200 personas. Un tercio serían vips, periodistas e invitados. El resto eran los agraciados del sorteo de Verizon, la operadora de telefonía que gozaba del privilegio de retransmitir el concierto en directo por internet, y por el móvil a países enteros, como el Reino Unido.
Además, ya se sabe que sufrir en la puerta aumenta el gusto de entrar y el sentimiento de purificación. Un sentimiento parecido experimentaron los distinguidos periodistas de Vanity Fair o Elle, que entrevistaron a Madonna con motivo del lanzamiento de «Hard Candy». Todos describían el mismo proceso de larga destilación de la entrevista: primero les inundaron de material de prensa, luego les hicieron visionar un vídeo sobre los huérfanos en Malawi, luego la película recientemente dirigida por Madonna (sólo disponible en iTunes), luego escuchar el disco, luego la entrevista propiamente dicha. A la que entraban irónicos y de la que salían fascinados. Que Madonna controla al milímetro su imagen es un axioma. Que tras cada capa de botox o de márketing surge algo más genuino y subyugante, también. Es el ave fénix del pop. «En el periódico me han prohibido titular que Madonna se reinventa a sí misma», ironizaba una periodista en el Roseland. Pero a veces lo archidicho es la mayor verdad.
Madonna tuvo que pedir perdón a Nueva York por algo descortés que dijo en Vanity Fair: que la ciudad ha perdido la chispa de los ochenta, cuando ella llegó. Madonna pidió perdon por esto que todo el mundo sabe que piensa, porque todo el mundo piensa igual que ella. Todo el mundo sabe que es verdad. De hecho, éste es uno de los secretos de su perenne éxito: que al pop se le han aflojado los músculos y ya no es capaz de parir artistas como ella. Ya todo es por cesárea y flor de un día. A punto de cumplir los cincuenta años, Madonna sigue siendo un referente musical, social e indiscutiblemente erótico para parejas de treintañeros que se abrazaban en el Roseland como si el sexo no se les hubiera ocurrido nunca antes de oír (y sobre todo ver) cantar a Madonna.
Y apareció Justin Timberlake
A las diez casi en punto el dj se retiró y la versión grabada de «Candy shop» se fundió con la real. Madonna, de negro satén, físicamente mejor que nunca, desencadenó un concierto de seis canciones y cuarenta minutos que dejó al público tiritando de coitus interruptus.
Hubo desaforados guitarreos acústicos para el corte «Miles away», hubo Justin Timberlake -coartífice de los mejores cortes del disco-, contoneándose blanco y radiante sobre el escenario, reencarnando la coreografía de «Four Minutes». Hubo vivificante descaro. Madonna se arrancó con los primeros rasgueos de «(I Can"t Get No) Satisfaction» y preguntó a la parroquia si creían que estaban allí para ver un concierto de los Stones. Cuando se pusieron a sus pies para lo que ella quisiera, les enloqueció y enrockeció, burlándose en la cara de los que dicen que hay que vivir el presente. «Fuck the present!», gritó triunfal, arrancando alaridos de entusiasmo.
El tiempo se paró. «Después de casi cien discos, siempre es como la primera vez, y siempre es la mejor vez», prometió Madonna a un público que mayoritariamente podía ser su hijo, y que en cambio parecía estar aprendiendo de ella lecciones de eterna juventud. Que alguien había vendido el alma al diablo estaba claro, lo que no se sabía era quién.
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