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Un país en movimiento

10:08:58 - 08/01/2008VMT -Agua, azucarillos y aguardiente corrían a destajo por la Pradera de San Isidro para celebrar el día grande de la festividad del patrón capitalino.

Cosa rara, no llovía, aquel 15 de mayo de 1896. «Manolos» en busca de algún guiño furtivo que escapara por encima de la prisión del abanico de aquellas chulapas de postín transitaban entre los criados que corrían, sombrajo en mano, tras sus aristocráticos y burgueses amos para que ni el más nimio rayito de sol alcanzara tan elevadas cabezas. Los aguadores voceaban su mercancía a la espera de que las figuras del toreo, ya en la tarde, deleitaran a las masas con su arte.

Juegos que hoy parecerían ridículos hacían las delicias de los festivos madrileños de finales del siglo XIX, aún con la inocencia intacta y armados de un frívolo optimismo que se desvanecería dos años más tarde con la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Era el fin de una centuria convulsa, extraña, de alternancias políticas rayanas en el disparate. Los españoles de entonces, especialmente los que habitaban las grandes urbes, acostumbrados al tránsito incesante de gobiernos y a las corruptelas de salón, parecían haber perdido la capacidad de asombro.

Pero ese día de San Isidro un tipo llamado Alexandre Promio, ayudante de los hermanos Lumi_re, inventores del cinematógrafo (1894), se plantó en Madrid con aquel extraño artilugio para hacer la presentación oficial en España de una máquina destinada a cambiar para siempre la fisonomía visual del mundo. El aparato que proyectaba imágenes en movimiento era también capaz de grabarlas. Promio se asomó a un balcón de la Puerta del Sol e inició lo que se convertiría en el primer rodaje realizado en el país. Las imágenes mostraban tranvías tirados por mulas. El motor de explosión era todavía un proyecto en pañales. No se hablaba de otra cosa en el foro. Defensores y detractores vociferaron durante días, prensa en mano, en los mentideros de la ciudad. Antes de marchar, el camarógrafo grabó escenas del cambio de guardia en el Patio de la Armería de un Palacio Real en cuyo trono se sentaba la reina regente María Cristina, madre de Alfonso XIII. También captó a los matadores y picadores tentando a las bestias en las afueras de la ciudad, y a los lanceros reales en unos ejercicios castrenses. Desde entonces, las películas realizadas por operarios en muchos casos anónimos se convertirían en una nueva forma de narrar los acontecimientos históricos.

Con esas primeras imágenes se inicia la colección «Memoria Visual de España», un precioso viaje sentimental y humano al corazón de nuestra historia realizado por el periodista Alfonso Arteseros, que lleva a sus espaldas ochenta documentales sobre diferentes acontecimientos del pasado y llevadas a cabo unas 6.000 entrevistas a protagonistas y testigos de la historia nacional más reciente. Doce DVD que recorren el espacio que separa los años de 1896 y 1959.

El pueblo, protagonista

España en blanco y negro y un poco de sepia. Lejos de los ecos palaciegos, de los conflictos armados, de la inestabilidad, de las luchas intestinas y de los vaivenes políticos (sólo entre 1896 y 1923, años en los que se centra el primer número de la colección, hubo en España treinta y siete cambios en la Presidencia de Gobierno), existía otro país en el que cohabitaban sin mezclarse más que por roces ocasionales los arquetipos identificativos del atraso, el analfabetismo y la pobreza con los nuevos elementos de sofisticación tecnológica representados especialmente por el automóvil, el teléfono y la radio, cuyo ámbito de acción se centraba casi en exclusiva en las grandes ciudades, especialmente en Madrid, el centro de ese meollo llamado la «España del Siglo XX». Partiendo de la base de que «El pueblo es el protagonista de la Historia», Arteseros ha recopilado de su propio archivo personal, del fílmico y del de ABC, imágenes de aquellos españoles que seguían, como hoy, las modas más punteras, evolucionando en sus atuendos conforme el tiempo dictaba. Se dice, por ejemplo, que quien no vivió en Madrid en los años 20 no sabía lo que es vivir. Nada tenía que envidiar aquella ciudad del Paris de la Belle Epóque. El cine español, primero mudo y luego sonoro, se hacía un hueco como entretenimiento de la gente, compitiendo con las figuras emergentes del teatro, de la música o del toreo hasta que otros ídolos, los del deporte (Blume, Bahamontes, Berrendero, Gento, Zamora y un largo etcétera) tomaron cartas en la sociedad del ocio.

Todo un cuadro de costumbres para contemplar el avance y el cambio de un país a través del movimiento de su gente, de sus aficiones, de los juegos infantiles, de la moda, la literatura, de la vida cotidiana, incluso aquella que tuvo que abrirse paso como pieza de supervivencia en los momentos más tristes de nuestro reciente pasado. Más de seseta años recopilados en seiscientos minutos de imágenes. Una colección imprescindible para entendernos a nosotros mismos.

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