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«La gente de la Edad Media alucinaría con una Europa unida y 60 años sin guerras»

21:04:34 - 10/01/2008Vocento VMT -El británico, cruce de Sir del Imperio y posadero de los bosques de Sherwood, plantó, así pues, sus reales en la capital alavesa, con pompa y circunstancia, rodeado de los oropeles triunfales del lanzamiento editorial más potente de la historia

Érase una vez una ciudad que vivía un cuento de hadas. Una ciudad centenaria, de corazón medieval y alma comercial y pujante. Una villa hidalga y próspera, una ciudad, Vitoria, que ayer recibía, con honores de caballero, en la mesa redonda de la hospitalidad, a ese Lancelot de la novela popular que es el galés Ken Follett, autor de (híper)éxito, narrador de (híper)ventas, escritor de (híper)mercado, novelista de hipér(boles) del Medievo, como «Los pilares de la Tierra» y su híper(extensa) continuación, «Un mundo sin fin», más de mil páginas imaginadas, primero, cosidas y bordadas después, durante tres años.

El británico, cruce de Sir del Imperio y posadero de los bosques de Sherwood, plantó, así pues, sus reales en la capital alavesa, con pompa y circunstancia, rodeado de los oropeles triunfales del lanzamiento editorial más potente de la historia y con el estruendo de las fanfarrias de saber que ya se han puesto en circulación un millón de ejemplares de su nueva obra, aunque él tenga bien claro que «disfruto, y mucho, de esto, aunque, desde luego, todo lo que se hace ha de contar con mi visto bueno».

Tarea de titanes, tarea casi como la de los maestros canteros, los maestros carpinteros, los picapedreros y los arquitectos que elevaron al cielo de Europa las seos donde los mortales se refugiaban de la peste (más negra que nunca), la guerra (de los Cien Años y más, «aquellos hombres alucinarían con una Europa unida y con sesenta años sin guerra», dice) y la hambruna (eso sí que era hambre de siglos). «En cierta manera y salvando, claro está, las distancias -explicaba ayer Follett a ABC-, hay ciertos paralelismos entre edificar una catedral y escribir un libro como éste. Son procesos que se asemejan, en cuanto que hay que idear un plan, madurarlo, poner los cimientos, dejar que se asienten e ir poniendo piedra sobre piedra, o palabra sobre palabra». Otro tiempo, otro lugar, los de esta novela, a pesar de que su autor crea que «sí, es cierto, era un mundo muy cruel, brutal, lleno de crímenes, pero no pienso que en lo fundamental aquella gente fuera muy diferente de nosotros».

Literaria, o mejor, catedraliciamente hablando, Ken Follett también recalca que sintió sobre sus espaldas el peso de la historia, no ya la medieval, ni siquiera la que él cuenta, sino la de su propio éxito: «Reconozco que cuando acometí «Un mundo sin fin» notaba el peso de la responsabilidad, después de lo que «Los pilares de la Tierra» significaron para tanta gente. Me tentaba enormemente, pero también sabía que era una empresa arriesgada, probablemente por eso he tardado dieciocho años, para estar completamente seguro de que iba a alcanzar el mismo nivel».

No seré yo quien lance la primera piedra (por muy catedralicia y medieval que sea) contra la idea (y la campaña de promoción) de que un libro y un escritor se intenten vender de la mejor manera (y de qué manera, valga la redundancia) posible al gran público, y está claro que ni Shakespeare, ni Cervantes (sí, por supuesto, salvemos las debidas distancias) tuvieron vocación de marginales ni minoritarios, y quién sabe si no se hubieran dado con un canto, más o menos rodado, en los dientes, de haber podido protagonizar un lanzamiento como el de Follett, casi en plan Madonna (e móbile, por toda Vitoria).

El galés se aclara la garganta y le echa flema y humor británicos: «Ser escritor de best-sellers no es lo mismo que ser una estrella del rock, sobre todo porque no hay groupies... además, los rockeros se van a la cama cuando yo empiezo a desayunar». Bromas más o menos aparte, qué se pasó por la cabeza (y los callos en los dedos de darle al teclado) del novelista cuando por fin le puso el colorín colorado a sus mil ciento setenta y nueve páginas. «Hay quien dice que le apena terminar de escribir y que es como decirle adiós a un buen amigo. Pero yo tengo mi propia teoría: es como decir adiós a unos invitados que has tenido en casa el fin de semana, que sí, vale, ha estado muy bien, pero estás deseando que se vayan y te devuelvan tu intimidad». El cuento de hadas de Follett y Vitoria toca a su fin. Pero se hace necesario un colofón para los que ya piensan en terceras partes (que los hay). «Algún día se me ocurrirá -dice Follett-, pero no en este momento, desde luego. Después de pasar tres años de mi vida en la Edad Media, creo que ya está bien».

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