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Una nueva mirada sobre Velázquez
14:57:50 - 20/11/2007VMT -Entre «Cristo en casa de Marta y María», de la National Gallery de Londres, pintado por Velázquez en 1618, que abre la exposición, y «Las hilanderas», del Museo del Prado, que la cierra, pasaron cuarenta años.
Los dos cuadros, advierte el comisario, Javier Portús, tienen mucho en común: «Ambas son obras narrativamente muy complejas, miran a la tradición pictórica como homenaje a artistas como Tiziano y Rubens y el motivo principal aparece al fondo en ambos casos». De esas cuatro décadas de fecunda creación se muestran 28 obras del maestro, todas centradas en asuntos mitológicos, históricos y religiosos. Cuelga en esta exposición todo Velázquez, si exceptuamos los retratos y paisajes. Velázquez fue, ante todo, un genial retratista. No en vano, de las 130 obras que hay aceptadas por los especialistas como salidas de su mano, un centenar son retratos. El 15 por ciento que no lo son conforman estas «Fábulas de Velázquez».
Distinguidas por los colores de las paredes, la muestra se divide en tres periodos. Sobre color ocre cuelga el Velázquez naturalista, que actualiza el mito antiguo. Así, junto a las obras de su etapa sevillana (su «Cristo en casa de Marta y María», que se encuentra en la National Gallery, se exhibe junto a la versión firmada por Joachim Beuckelaer, en el Prado, además de «La cena de Emaús», de Dublín), se exhiben algunas pinturas de carácter religioso. Aquí Velázquez se mide con El Greco y Martínez Montañés. El «San Juan Bautista» del escultor luce junto al retrato que hizo Velázquez del Bautista, préstamo de Chicago.
El color de las paredes se torna verde para acoger al Velázquez clasicista, tras el regreso de su primer viaje a Roma en 1630. En esta sección hay diálogos muy interesantes, Por un lado, «Los Borrachos», de Velázquez, junto a «Joven con cesta de frutas», de Caravaggio, un duelo de carnalidad y sensualidad entre dos titanes de la pintura. Por otro, un encuentro emocionante de dos lienzos velazqueños: «La túnica de José», de El Escorial, y «La fragua de Vulcano», del Prado. Pintadas ambas obras en su primer viaje a Italia, fueron vendidas al Rey en 1634. Colgaron juntas en el guardarropa del Palacio del Buen Retiro hasta que en 1655 «La túnica de José» fue enviada a El Escorial para decorar las salas capitulares, que el propio Velázquez se ocupó de reorganizar. Además, destacan dos salas, que más bien podrían ser capillas. La primera, sólo con dos cuadros, enfrenta «La tentación de Santo Tomás de Aquino», de Velázquez, con la «Aparición del apóstol San Pedro a San Pedro Nolasco», de Zurbarán. La segunda resulta aún más sobrecogedora: preside la sala el emocionante «Cristo crucificado», de Velázquez. A un lado, «Cristo yacente», escultura maestra de Gregorio Fernández; al otro, «Cristo y el alma cristiana», otro préstamo velazqueño de la National Gallery.
Sobre color rojo inglés cuelga el Velázquez más decididamente cortesano. El artista, empapado de las colecciones reales, pudo admirar a Tiziano y a Rubens. Su lenguaje se abre al color. La sala más espectacular de la exposición reúne tres desnudos maestros de la Historia del Arte: una pared que enmudece a cualquiera. Ante tanta belleza sólo queda emocionarse: la «Venus del espejo», de Velázquez, en su tercera visita a España, se mide con otra Venus, pintada por Tiziano, y con «Las tres Gracias», de Rubens. ¿Alguien da más? En una sala contigua, en otra soberbia pared cuelgan tres sibilas: dos de Velázquez y una de Guido Reni. En la última sala, el protagonismo es de «Las hilanderas». A su lado, «El rapto de Europa», de Rubens. Éste copió a Tiziano en una obra que no ha viajado a España y que inspiró a Velázquez en esta magistral fábula. En realidad, la muestra, patrocinada por la Fundación AXA Winterthur -que preside Jaime de Marichalar- en colaboración con la Comunidad de Madrid, no acaba ahí, sino en la sala XII, con «Las Meninas».
¿Se puede decir algo nuevo sobre Velázquez?, se preguntaba ayer el director del Prado, Miguel Zugaza. Su respuesta es que sí, como demuestra «esta mirada nueva a Velázquez» por parte de una generación de historiadores, a la que pertenecen Javier Portús y Gabriele Finaldi, director adjunto del museo y quien gestó la idea de esta muestra. Tras la gran retrospectiva de Velázquez en el Prado en 1990 no parecía fácil volver a exponerlo. Pero Javier Portús ha ideado una muestra muy inteligente: se ve al Velázquez menos conocido, con nuevos ojos, situándolo en su contexto internacional y rodeado de obras maestras. Un lujo.
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