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La sorprendente gracia de Gracia Querejeta
14:40:05 - 26/09/2007VMT -Hay una hoja llena de declaraciones de principios en la película de Gracia Querejeta, «Siete mesas de billar francés», que se presentaba ayer a la sección oficial y competitiva del festival.
El hecho ya de que el billar sea francés, es decir, el de los billares de toda la vida, el de la carambola a tres bandas, es una rotunda declaración de principios; así como el volcarse en un cine de sentimientos, en un cine dialogado y fluido entre sus personajes, carnales y huesudos... Todo ello, que el billar sea francés y que afloren los sentimientos en su película está muy lejos de ser «moderno».
No hay «modernidad»
No hay «modernidad» en el cine de Gracia Querejeta: hay unas enormes ganas de que en él, en su película, crepiten los sentimientos y los pulsos e impulsos de los seres humanos que la llenan. Incluso se permite Gracia Querejeta en su «contramodernidad» el incluir nada menos que el sentido del humor en su cruce dramático de historias; un sentido del humor casi violento, propiciado por personajes débiles o perdedores que resultan, en su patetismo, graciosos y humanos, y que se defienden del drama con diálogos y «ocurrencias» que provocan el inmediato golpe de risa o de ternura. Amparo Baró, Enrique Villén, Raúl Arévalo..., la propia Blanca Portillo, que se estrangula hasta el ahogo y que hasta consigue del que mira una risa, o sonrisa... Tanto ella como Maribel Verdú forman el tejido dramático de «Siete mesas de billar francés», dos mujeres unidas en un triángulo de infelicidad a un hombre recién muerto.
Lo del humor es nuevo en el cine de Gracia Querejeta, pero lo demás pertenece a su esencia, a su estilo: el pasado incomoda hasta lo dramático el presente de los personajes; las relaciones de pareja sólo son superadas en complejidad y amargura por las paternofiliales; los ojos de un niño siempre le pasan un paño limpio al día a día, por churretoso que venga; los actores dialogan entre ellos y sobre lo de ellos (no juegan al no-diálogo con el espectador, al «cázame» si puedes, que es, se supone, el camino a seguir), dejándose ver por dentro mediante sus hechos y sus palabras, y no mediante lo que no hacen ni dicen... Parece complicado, pero no lo es: Gracia Querejeta cuenta una historia que se entrelaza con el espectador de un modo casi obsceno, y lo emociona, y lo divierte, y le permite que entienda y sienta lo que pasa allí. Es, sin duda, una película para gente.
La sección a competición propuso también ayer otro título, «Éxodo», de un joven hongkonés llamado Pang Ho-Cheung y que es todo lo contrario que la película de Gracia Querejeta. O sea, ésta no tiene nada de gracia, en cambio sí es moderna: sus localizaciones, sus encuadres, su modo de narrar y hasta la propia historia que cuenta, de la cual nunca sabes si lo hace en serio o en broma. En realidad, la cosa es demasiado estúpida como para ir en serio, o sea que pensemos en que Pang Ho-Cheung bromea: una secta de mujeres se dedica a asesinar a todos los hombres que puede sin dejar rastro, y están infiltradas en todos lados, el trabajo, la política, la propia casa... Esto, que podría ser divertido (si no fuera tan trágico el caso contrario en la realidad del mundo, que son los hombres los que matan a sus mujeres) no se lanza de bruces a la farsa, en su necesidad de ser «moderno», y se queda en lo de tantas veces con el cine oriental: en poco más que la cantidad ingente de comida que se «papean» los actores ante la cámara.
En Zabaltegui se proyectaba «Caramel», una película libanesa y la primera que dirige Nadine Labaki. Toda ella rezuma curiosidad: transcurre en Beirut y en un ambiente insospechado, una peluquería de señoras. Uno pensaría que en Beirut los «temas» serían otros; pero no, «Caramel» se centra en asuntos amorosos, cotidianos, más de vivencia que de superviviencia, de unas cuantas mujeres que se debaten entre el oriente y el desoriente. El tono de la película es aparentemente muy liviano, de comedia, aunque de vez en cuando entorne los ojos para reflexionar y se ponga serio... Una película muy singular y que lo deja a uno entre la incertidumbre y el titubeo: Beirut mola.
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