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Ken Follett sienta los pilares de otro terremoto editorial
09:36:57 - 29/12/2007Vocento VMT -Nunca es tarde si la dicha es (o puede, o debe ser) buena. Ésta es una verdad popular, y es también una verdad como un templo.
O mejor aún, y para el caso que nos ocupa, una verdad como una catedral. Esos recintos mágicos, telúricos y también, para muchos visionarios y apocalípticos, edificados según complicados tejemanejes esotéricos por el ordeno y mando de reyes, de nobles, de los templarios y hasta de los cátaros, para algún amigo de la teoría de la conspiración.
Catedrales que son, ya es hora de volver a decirlo, los pilares de la tierra, ciertamente, como el inolvidable título de la no menos inolvidable novela de Ken Follett publicada en 1989, una obra que rompió todas las marcas de los índices de lectura españoles y que sigue siendo la novela que por estos pagos (que tanto saben de cánones y arquitrabes catedralicios, de cruces latinas, de sofisticadas vidrieras) más nos echamos al coleto de nuestra devoción de lectores, según las encuestas sobre hábitos de lectura y compra de libros de la Federación del Gremio de Editores.
Casi veinte años después, y desde ayer (se promete que a priori la fecha elegida no tiene nada que ver con la festividad de los Santos Inocentes, a pesar del volumen y el peso del libro, que requiere un atril como el de un monje de Silos para degustarlo) y rodeada de un lanzamiento sin precedentes en el mercado libresco español (y muy probablemente mundial) ya está entre nosotros la continuación de la mencionada «Los pilares de la Tierra» (obra que ha vendido hasta la fecha más de 5,5 millones de unidades, que convendrán conmigo que no es ninguna broma), una continuación que lleva por título «Un mundo sin fin», y en la que el aplaudido Follett (otra cifra astronómica: cerca de cien millones de libros vendidos en todo el planeta) vuelve a situar la acción en Kingsbridge (al igual que en la citada novela matriz) pero doscientos años después, en 1327, en pleno siglo XIV y cuando la terrible Peste Negra (peste y carestía se decía por aquel entonces, cuentan los cronicones de clérigos y abates; «la peste reveló la terrible verdad de que el clero era impotente ante una enfermedad tan devastadora», ha dicho el propio Follet) arrasaba Europa, y cuando los latigazos de la Guerra de los Cien Años martirizaban la piel de nuestros antepasados, muy lejanos (y más que utópicos) los tiempos del que se llamó Mercado Común.
Cuatro chicos que observan un enfrentamiento entre soldados del rey y un caballero que escapa con una misteriosa y valiosíma carta son los personajes que tiran del hilo en las primeras páginas de la narración. Un paisaje y unas figuras las creadas por el prolífico autor galés que pueden remitir a grandes películas ambientadas en los fríos y tenebrosos miedos medievales como «Paseo por el amor y la muerte», de John Huston, y «El séptimo sello», de Ingmar Bergman, y ante cuya lectura el aficionado español tal vez recuerde también el magistral título de Saramago, «Memorial del convento».
Edad Media, dolor entero
Una época, la Edad Media, para muchos mítica y cuando menos legendaria, poblada tal vez de caballeros y princesas, de cruzados poderosos y acorazadas armaduras, de oropeles y bandidos benefactores. Pero la vida de la gente de la calle era muy otra. Y a menudo, terrible. Se desconocía absolutamente la higiene (los hombres no solían bañarse más de dos veces al año, las mujeres una al mes, en el mejor de los casos); la inmundicia inundaba las calles (que apenas si eran un lodazal en el que convivían los desechos y excrementos de cada casa con el barro y la ponzoña de los animales); la comida escaseaba (apenas pan duro y negro, algo de cerveza casera); las familias compartían no sólo mesa y mantel, sino también habitación y cama, tanto en su modestísima casa, como en hospederías y posadas; y las enfermedadas y pandemias aniquilaban a la población (no sólo la peste, también la terrible mortandad infantil, la lepra, la disentería, las muertes en los partos, y un largo y espeluznante etcétera). Mientras, las velas iluminaban (poco) sus cuitas e industrias, y los braseros les calentaban en los eternos inviernos, con gran riesgo de incendios, que sabido es que al perro flaco todo se le vuelven pulgas.
Ante este panorama (dantesco, realmente dantesco, el mismito infierno), las catedrales se convirtieron en refugio, pero también en faro, en luminaria que guiaba a la gente por el bosque más animado (ogros, duendes, espíritus malignos, fuegos fatuos...) de la vida. «Las catedrales -ha dicho Ken Follett- son una especie de símbolo de todas las contradicciones de la Edad Media. Son hermosas y están llenas de riqueza y complejidad, pero se edificaron en una época que tendemos a recordar por la pobreza y la ignorancia de la gente, comparada con tiempos anteriores».
Veinte años pueden ser muchos, pero felices, si como se ha comentado la dicha es buena. «Desde que publiqué «Los pilares...», los lectores me han estado pidiendo que escribiera una continuación. El libro fue tan popular que me angustiaba no poder repetir su éxito. Pero, al final, le di un empujón a mi coraje y empecé a escribir «Un mundo sin fin», ha comentado el propio autor sobre su perezosa y larga «tardanza».
Manos a la obra
Bien, Follett se puso manos a la obra. ¿Y qué ocurrió? «En la última parte de «Los pilares...», los personajes principales eran ancianos o ya habían muerto. Así que no podía servirme de nuevo de los mismos protagonistas. Decidí que escribiría una novela ambientada en la ciudad de Kingsbridge doscientos años después. Necesitaba un tema tan importante y poderoso como es la construcción de una gran catedral. Y además introduje en el contexto argumental la Peste Negra, una enfermedad que asoló Europa en el siglo XIV y mató a por lo menos la tercera parte de su población», reflexiona en voz alta el escritor.
Son, en total y en la edición española 1.184 páginas, ni una más ni una menos, y una detrás de otra, las que median entre «Gwenda sólo tenía ocho años, pero no le temía a la oscuridad. Todo estaba como boca de lobo...» y «...encaramados a la cima del mundo, durante largo tiempo», frases que abren y cierran, respectivamente, la novela. Según la propia editorial, que espera agotar la primera edición en alrededor de dos meses, «se trata de la mayor cantidad de libros jamás colocada en España en un sólo día, por encima de las cifras que se barajaron de la serie de Harry Potter».
Si al éxito del escritor británico anteriormente y con toda suerte de títulos y de historias se le añade la magnífica (por no decir entusiasta y casi histérica) acogida que actualmente tienen entre nosotros las novelas históricas, parece meridiana y catedraliciamente claro que el éxito está más que asegurado. Está cantado, probablemente, a capella, o como mucho con el sonido de fondo del órgano de la abadía de Westminster. Para amasar y moldear su monumental obra, y que sus muchísimos seguidores no pierdan pie en este piélago de páginas yde situaciones, Follet ha preferido jugar la baza de unos pocos personajes, pero eso sí, enjundiosos, como él mismo explica ante los lectores. «Todo se ve a través de los ojos de cinco personas que se conocían íntimamente desde la infancia -dice el novelista-y creo que con eso logro que el lector siga el argumento fácilmente, a pesar de que la historia es muy larga y muy compleja».
Tan compleja que el autor de «El hombre de San Petersburgo» y «La isla de las tormentas» ha tenido que echar mano de recursos no estrictamente literarios, que para el hambre del best-seller, no hay pan duro y ahí están (no podían faltar, evidentemente) las nuevas tecnologías, prestas a acudir en rescate del narrador. «Las novelas más largas necesitan una gama más amplia de temas dramáticos. Al escribir «Un mundo sin fin» elaboré, por primera vez, una hoja de cálculo excel con todos los personajes. El programa calculó la edad que tendrían en cada momento de la novela, lo que me aseguraba no equivocarme. El método me ayudó tanto que lo voy a utilizar a partir de ahora en todas mis obras».
Hora es (seguramente son maitines) de sumergirse en los océanos de la Edad Media y pasear, entre el amor y la muerte como Anjelica Huston, por sus arcanos vericuetos. Si desfallecen, si el ánimo se les desangra, busquen consuelo en una catedral. Y descansen a resguardo de la Peste y de la Guerra, y no dejen que la Parca mueva ficha en el tablero de su vida.
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