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Kirk Douglas, el último pistolero

08:27:40 - 09/12/2007Vocento VMT -Issur Danielovitch nació en el entorno de Nueva York el 9 de diciembre de 1916, pero será fácil comprender que decidiera cambiarlo por el de Kirk Douglas.

Su quinta película, "Carta a tres esposas", que daría a su director, Joseph Leo Mankiewicz, dos Oscar en 1949 -guión y director-, fue la que le encaramó al entonces llamado estrellato, hoy en día apagado por los bomberos de la vulgaridad.

El público madrileño se entusiasmó con aquel título de la Fox que presentaba el Palacio de la Música con tres grandes figuras femeninas de la época: Linda Darnell, Jeanne Crain y Ann Sothern, dentro de una historia maravillosamente narrada que hacía piruetas con el adulterio. Ese mismo año rueda "El ídolo de barro", que le produce Stanley Kramer, años antes de que mi amigo se diera varias vueltas por España con aquel dichoso cañoncito de "Orgullo y pasión", y llegase al cine Coliseum seis años más tarde, en enero de 1955; siendo considerada como una de las más logradas películas del boxeo.

Luego nos ofrece "El gran carnaval" (cine Real Cinema), de la mano de Billy Wilder, en aquella desgarradora y cruel historia que muestra cómo enreda un periodista para lograr una "scoop" o "dar un pisotón", En ese mismo año, 1951, le dirige William Wyler, el gran director que abarcaba a la perfección todos los géneros, en "Brigada 21", que se presenta entre nosotros en el Capitol. Un año más tarde, Vicente Minnelli le encomienda el papel del depresivo cineasta de "Cautivos del mal".

Los espectadores del cine Carlos III contemplaban como Minnelli tiraba de la manta y ponía en evidencia, digamos, a mucha gente del cine. Douglas ya era uno de los grandes en aquellos momentos.

En 1956, el actor inicia su colaboración con Anthony Quinn y ruedan "El loco del pelo rojo", donde él encarna al pintor Van Gogh y Quinn a Paul Gauguin, que se llevaría su segundo Oscar como mejor actor secundario (actor de apoyo creo que sería más exacto, ya que los secundarios muchas veces "roban" la película a los protagonistas). Ese filme llegaría hasta nosotros con mucho retraso, en versión original y en tiempos que hacían furor los llamados locales de Artes y Ensayo.

Más de 65 películas

En 1957 presenta "Duelos de titanes", un mano a mano con Burt Lancaster, que al verla en el Palacio de la Prensa recordaba a los aplaudidos retos taurinos que pudieron mantener matadores tan consagrados como Joselito y Belmonte, o Manolete y Arruza, solo que los peliculeros eran a pistoletazos. Fue, posiblemente, uno de sus grandes éxitos comerciales, aunque, personalmente, me inclino por la versión de John Ford "Pasión de los fuertes" de 1946, que vimos en nuestra ya alejada juventud en el Rialto, con Henry Fonda y Víctor Mature, flanqueados por la irrepetible Linda Darnell.

En ese 1957, interviene en "Senderos de gloria", que significa su primer encuentro con Stanley Kubrick, película antimilitarista por antonomasia; prohibidísima en aquellos años en los que yo trabajaba en C. B. Films-United Artists, y que se presentaría en Madrid, ¿qué sé yo dónde?, más posteriormente, en tiempo actuales, cuando ya prefiero visionar las películas sentadito en mi casa y en zapatillas. Me gusta mucho la secuencia final de "El último tren de Gun Hill", de John Sturges, estrenada en el Lope de Vega, cuando Douglas carga a cuestas como si fuera un fardo con el hijo asesino del que fuese su amigo y ahora es su enemigo, Anthony Quinn.

En 1960, "Espartaco", que se estrenó en el Palacio de la Música, la empezaría a filmar Anthohy Mann a finales de 1958. Recuerdo que el acertado Tony voló desde Madrid a Los Ángeles, con escala en La Habana, para acompañar a su leal esposa, entonces re-que-te cupletísima, que actuaba en el teatro Blanquita ante el clamor de su afición. La noche anterior a su partida para la Meca del cine, le dimos una cena de despedida en "Monsignor", un gran restaurante que había en aquella fascinante ciudad que, ahora, posiblemente será un taller de reparación de bicicletas. El aplaudido Tony dirigió "Espartaco" muchas semanas, hasta que el productor ejecutivo Kirk Douglas, enfrentado con Laurence Olivier, le reemplazasase por Stanley Kubrick por la sencilla razón de que Mann había tomado partido por Olivier en el enfrentamiento entre ambos actores. ¿Conservó la película lo filmado por Anthony Mann? ¿Conservaría "Lo que el viento se llevó" lo rodado por George Cukor? Eso no lo sabe nadie.

Rodaje español

Sin embargo, las horas altas de Douglas comienzan a apagarse con "El compromiso" de Elia Kazan, que tantas semanas se mantuvo en el recién defenestrado cine Avenida. Ahora bien, entre 1946 -su primer título-, "el extraño caso de Martha Ivers", hasta "Otra ciudad, otra ley" (Touch guys), en 1986, Kirk Douglas intervino en más de 65 títulos.

Al margen de este personal reflejo filmográfico, la primera vez que hablé con él fue en Londres, cuando asistí al estreno de "Los vikingos" en el Leicester Square Theatre, durante la recepción que se ofreció después en el Mayfair Hotel, a la que asistieron nombres tan consagrados como Vivien Leigh, Laurence Olivier o Burt Lancaster, entre otros; eso ocurría en julio de 1958. Pocas semanas más tarde se desplazó a San Sebastián para presentar dicha película en su festival.

En 1971, colaboré en el rodaje español de su película "El gran duelo" (A gunfight), en la que actuaba con Johny Cash, el reputadísimo cantante de country que, además de consagradas melodías, arrojaba por la boca algún que otro improperio. Película "spaguetizada" donde el gran duelo, que hacía honor a su título español, se filmó en la plaza de toros de un pueblo toledano que ahora no recuerdo, donde, eso sí, el calor chorreaba por poros propios y ajenos. A mí me costó una fuerte insolación que resistieron mis entonces robustos 44 años. Douglas fue tan amable de permitirme reponer mis fuerzas en su roulotte bien provista de aire acondicionado.

Por último, el 25 de marzo de 1995, asistí al Dorothy Chandler Pavillion a la entrega de su reconocido Oscar Honorífico por sus 50 años de carrera en la comunidad cinematográfica. Lo recibió rodeado de su esposa y de sus cuatro hijos, entre los que figuraba Michael, el mallorquín, por descontado.

Ahora, el hijo del trapero, como orgullosamente reconoce ser, según el título de su autobiografía (Ediciones B, 1988), cumple 91 años y ha llegado a convivir por su esfuerzo y constancia con lo más selecto de Beverly Hills y alternar con las principales figuras que en el cine han sido. Pienso, además, que se trata del último pistolero importante de la pantalla americana.

Por ENRIQUE HERREROS

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