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Jaque mate a la silicona
10:43:03 - 19/04/2008VMT -Las suecas, con esos cuerpos de diosas, que parecen salidas de una revista de moda, creían, como otras muchas mujeres, que los senos grandes serían uno de sus mayores encantos.
Pioneras en apuntarse a todo lo nuevo, la preocupación por verse más atractivas llevó a gran número de ellas al quirófano para aumentar el volumen de sus pechos. Mujeres de todas las edades y clases sociales, incluso niñas recién salidas de la pubertad, reunieron los miles de coronas necesarias para pagar el capricho de transformarse en una Marilyn Monroe de nuestro siglo. Hubo incluso padres generosos que, dando muestras de poco sentido común, regalaron a sus hijas la «operación aumento» como premio a un bachillerato bien terminado o a unos sobresalientes en las notas del cole.
Golpe de efecto... Temporal
Tras la intervención, y en busca del golpe de efecto, se paseaban por doquier con enormes escotes o mostraban su delantera mentirosa en un descarado «top less» en la playa. Al principio, el mundo del «couché» reproducía encantado las nuevas anatomías femeninas, y algunas de sus propietarias se hicieron famosas por delanteras tan infartantes. Pero eso terminó. Hoy, las suecas lo tienen claro: modelos, artistas del espectáculo, bailarinas eróticas, las clásicas «babes» que sirven bebidas en los bares y discotecas y las chicas de sociedad que creían que la silicona era garantía de éxito social o fama vuelven a marcar tendencia... camino del quirófano, para quitarse el relleno artificial y recuperar su anterior forma. Obviando las consideraciones estéticas, reconocen que sus senos son su mayor pesadilla y que ahora quieren ser tal como son -o mejor dicho, como eran- y practicar deportes sin dolor ni incomodidad. Cuentan y no paran que, con los implantes tan voluminosos que impuso la moda, es muy difícil que la ropa les siente bien y su imagen resulte elegante. Además de sentir dolores de espalda, hombros y cuello junto a otras graves molestias, las suecas empiezan a tomarse en serio la advertencia de algunos científicos que aseguran que la silicona es una bomba de relojería que estallará antes o después.
Las siliconadas más famosas aparecen en las tertulias de televisión donde dicen estar hartas de ser vistas como bellos monstruos o extravagantes objetos de deseo. Odian el sexismo que han padecido tras hacer gala de exageración en su anatomía, y no pueden soportar los comentarios de los hombres, novios y maridos que, tras apreciar diferencias entre el tacto natural y el siliconado, se quejan de esas bombas artificiales, falsas y redondísimas, que les parecen escasamente estimulantes.
Los ejemplos son legión: la modelo Natacha Peyre, por ejemplo, de veintidós años, y que a los dieciséis consiguió convencer a su padre de que le pagara la operación, hoy quiere desligarse de «un ideal enfermo», se aborrece, y aborrece que se la considere «den dumma blondinen» («la clásica rubia tonta»). Así que recorre colegios y universidades dando conferencias en las que alerta a las jóvenes para que no emulen la estupidez que ella cometió.
Jenna Jamesson, estrella porno, protagonista de una popular serie y diseñadora, también ha retirado sus implantes de pecho al considerar que resulta «insoportable» pasear con esas siliconas recubiertas de carne. Al igual que ha dado la campanada una presentadora de televisión muy popular, Carolina Gynning. Y no. No están locas. Todo lo contrario: acaban de descubrir lo «chic» que resulta la naturalidad.
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