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Hillary Clinton estaba en la Casa Blanca el día que Lewinski se llenó de lamparones el vestido

09:35:09 - 24/03/2008VMT -Hillary Clinton estaba en la Casa Blanca el día que Monica Lewinski se llenó de lamparones el vestido azul. Se trata de una gran revelación, que se ha conocido gracias a la desclasificación de la agenda de la Primera Dama por los Archivos Nacionales.
Bueno. La Casa Blanca no es el piso de los Alcántara en «Cuéntame», así que no entiendo muy bien a qué viene el revuelo. A la gente le gusta sorprenderse con cosas que no abren la boca ni con gato. Como cuando hace un par de años Sylvia Kristel confesó en su autobiografía que siempre había sido anorgásmica. Emmanuelle. Pues sí. Es que era un personaje. Una actriz, aunque nunca se le reconociera. Elliot y ET tampoco tenían una bicicleta voladora.
Lo de Hillary debe de ser una cosa más que arrojarle, que añadir a las muchas que oculta la Primera Zorra que quiere ser comandante en jefe (antes de llegar a la Casa Blanca como consorte ya era llamada la «Lady Macbeth de Little Rock»). Alguien cuyas habilidades de esposa (¿hemos nacido ayer a lo Judy Holliday?) tanto se ponen sobre la mesa y sobre la cama a la hora de analizar el comportamiento de la digna esposa de Eliot Spitzer, ex gobernador de Nueva York (¿se puede pronunciar semejante apellido sin escupir?). Pero si ya lo escribió Verónica Lario, la esposa de Berlusconi: «La mujer debe ser el ángel moral del hogar» y «siempre debe estar dispuesta a ofrecer una caricia o a servir a través de simples gestos hogareños». O públicos. Lo que más me gusta es cuando dice que «los hombres deben pensar en la mujer como una entidad excepcional». Algo así como el Espíritu Santo, no digo.
Heather Mills se ha debido de quedar con ganas de escupir al juez que la ha llamado de todo y que supuestamente ha hecho feas revelaciones sobre ella. Al fin y al cabo, la rubia de una sola pierna sólo ha seguido, como tantas, el consejo de Berlusconi («cásate con un millonario»). Consejo seminal y previo a cualquier Berlusconi. Lo malo es que su millonario también es un icono nacional, tanto como un cartucho de «fish and chips». Teniendo en cuenta cómo la han tratado los tabloides británicos (lo más suave que la han llamado es «golddigger», cazafortunas), lo del juez es una minucia. Y este perfil, todas estas valoraciones, ¿qué son? ¿Hechos? ¿Fundamentos de derecho? ¿Corporativismo masculino?
Los periódicos sensacionalistas llegaron a asegurar que había sido puta de 5.000 libras. Como si eso (esa cifra) fuera un insulto. Es tan buñueliano. Y no tanto por «Tristana» («Ah, la pierna cortada de Tristana», le decía con rendida admiración Alfred Hitchcock, otro fetichista), más bien por esas prostitutas «cojas» y con clientes de sobra que el director aragonés veía desde el parisino Café de la Paix durante la Guerra Civil (Ramón Gómez de la Serna también se fijó en ellas años después, según se lee en «Automoribundia»). Ese juez británico es un soso. Tan alejado de Buñuel, Hitchcock, Ramón o Max Aub, para quien la protagonista de «Tristana» no era Catherine Deneuve sino la prótesis. Lo mismo le pasaba a Buñuel: «Catherine Deneuve no es precisamente mi tipo de mujer, pero coja y maquillada la encuentro muy atractiva». Y Tristana ni siquiera actuó en «Dancing with the stars», el «Mira quien baila» estadounidense.
Si todas las maldades, dobles caras y triples fondos de Hillary, la señora Spitzer o Heather Mills fueran ciertas (que no digo que no lo sean) ratificarían su imagen, la de las tres, como superheroínas contemporáneas. Las tres fantásticas. No serán elásticas, no volarán, no tendrán avión invisible, no les habrá picado una araña radioactiva pero tendrían una fascinante identidad oculta. Esa parte calculadora que me imagino delante de una pizarra, como esos tipos que hacen grandes sumas y cálculos imposibles con ruidos raros. Que son capaces de recitar, igual que yo la lista de los Reyes Magos, los primeros 150.000 decimales del número pi. Ven a los hombres, antes de casarse o después, y calculan. Que ahora resulta que va a ser malo. Y como tantos superhéroes, tienen una venganza como motor de sus vidas. La jefa del trío de superheroínas es Heather Mills. Por lo de la pierna, claro.
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