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Nunca es demasiado para algunas chicas
09:53:26 - 29/07/2007VMT -Por un lado el Tour, por otro las «lindsays», «nicoles» y «parises». Más borrachas (y drogadas) que ninguna.
Por un lado el Tour, por otro las «lindsays», «nicoles» y «parises». Más borrachas (y drogadas) que ninguna.
Aunque la tabarra oficial dé comienzo hoy, mi verano empezó el fin de semana pasado. Con Cicciolina. Me temo que no voy a olvidar a la estrella del porno en mucho tiempo. Sobremesa en un restaurante de Bilbao. Un sitio público (Bilbao y el restaurante). Cuatro o cinco personas en una mesa. Un gordo clavado al novio florista de la madre de «A dos metros bajo tierra» está haciendo unas excavaciones minuciosas en su boca con un palillo (le llamaremos mondadientes). Enfrente, Cicciolina vestida de Cicciolina, con túnica y cinta en la frente, nada de ir de incógnito. Cicciolina también hace excavaciones en su boca con el llamado mondadientes (con otro mondadientes distinto al del novio florista).
Pero ella es mucho más detallista. En una mano lleva el palillo. En la otra, un espejito con el que dirige la operación. Según las reglas sí escritas de la buena educación, es de muy mal gusto ponerse polvos (literales), pintarse los labios (aquí no voy a hacer aclaración ni comentario) o peinarse en la mesa. Si es necesario retocarse hay que hacer una excursión al baño. Con el caso perdido de Cicciolina hay un vacío legal. Hecha la ley, hecha la trampa. A las reglas de la buena educación no se les ha pasado por la cabeza que alguien pudiera sacarse el espejo para retocarse el espacio interdental. La suciedad va por delante de las leyes.
Quizá sea el signo de los tiempos. Todo cambia. Por ejemplo, la forma de ser una chica mala. Las buenas van al cielo, las malas a todas partes, que diría la mil veces citada Mae West, una mala de las de antes. De cuando se mantenían las formas, sobre todo en los cuerpos serranos. Mae West ahora sería una talla grande que tendría que ir a comprarse la ropa en Elena Miró, Elisabeth, Marina Rinaldi o así, aunque se compraría tres tallas menos.
Regreso al futuro. Que vienen Nicole Ritchie o Lindsay Lohan, las penúltimas «bad girls». Y vienen para dar la vuelta con doble tirabuzón a la famosa parida (dos mil veces citada, vale, es que ni Montaigne ni Pascal me vienen bien hoy), a la famosa parida, digo, de la desocupada duquesa de Windsor: «Una mujer nunca es demasiado rica ni está demasiado delgada». Que sí, que también se la atribuyen a otra pensadora morena y residente en París (a Gabrielle, Coco, Chanel; a «Grabielle», que diría Jaime Ostos), pero yo ni discuto por eso ni por el paradero del cadáver de Walt Disney. Quiero decir por si está en el congelador sí frost, en el cajón de las verduras o donde los huevos. Las «nicoles», las «lindsays» (y también las «parises») son más de «Una chica nunca está demasiado borracha ni demasiado drogada».
Éstas van al Tour (al que Dios guarde muchos años) y las dejan subir el Tourmalet sin bicicleta, que el requisito principal (para que te echen, claro) ya lo cumplen.
Cuántos «nunca es demasiado» de cabo de verano. Más. Retomando el principio (y volviendo a dejar apartado a Montaigne, lástima), «Una chica nunca es demasiado guarrilla» (Cicciolina). Y otro para acabar. «Unas chicas nunca tienen demasiadas espaldas» (Estefanía de Mónaco y Charlene Wittstock en el Baile de la Cruz Roja de Mónaco). Creo que es algún tipo de fetichismo originalísimo de Alberto.
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