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    El limbo, recalificado

    11:24:05 - 03/12/2005Una comisión teológica entregó al Papa sus conclusiones sobre este lugar sobrenatural condenado a desaparecer, mientras el purgatorio se convierte en estado de purificación.

    El limbo ya no es lo que era. Se supone, o así se ha creído durante siglos, que estaba abarrotado de niños muertos antes de ser bautizados ("limbus parvulorum") y también de los miles de millones de humanos que tuvieron la desgracia de nacer antes que Cristo y no habían sido mala gente, los justos ("limbus petrum"). Siendo el primer "homo sapiens", por lo que se sabe de momento, de 200.000 años antes de esa fecha y el primer homínido de cinco millones de años más atrás, el limbo debería ser el lugar intangible con la más espesa densidad de población del mundo conocido.

    Estas maquinaciones han dominado la lógica de la fe católica hasta hace poco, más que nada para encajar las piezas, pero en el Vaticano han pensado que quizá va siendo hora de revisar este etéreo concepto. Una comisión teológica internacional compuesta por treinta expertos lleva más de un año pensando sobre ello, por encargo de Juan Pablo II, y ayer entregaron al Papa sus conclusiones. Todo apunta a que el limbo se va a disolver en la nada de forma tan silenciosa como había surgido, aunque estos señores tendrán que dar una explicación convincente a los católicos, y ése será el punto más interesante del documento.

    El propio Ratzinger, cuando era todavía cardenal y prefecto de la Doctrina de la Fe, ya dijo que lo del limbo, ocurrencia de origen medieval, le parecía «una hipótesis teológica, una tesis secundaria». Juan Pablo II tampoco le veía mucho futuro a este lugar insondable y en el catecismo de 1992, el que está en vigor, ni lo menciona. Respecto a la nueva ubicación de los inquilinos históricos del limbo, el punto 1.261 del catecismo los confía «a la misericordia de Dios». Y asunto resuelto. Desde luego, en el siglo XIX se lo habían planteado de otra forma, más a la tremenda, de acuerdo al espíritu de los tiempos. El catecismo de Pío X, de 1905, proclamaba que «los niños muertos sin bautizar van al limbo, donde no gozan de Dios pero no sufren, porque teniendo el pecado original, y sólo ése, no merecen el cielo, pero tampoco el infierno o el purgatorio». Ya, el purgatorio, otro sitio raro.

    San Agustín, que por una juventud de amoríos y diversión envidiables sabía de los matices de la vida, introdujo un tercer tipo en las almas del siglo IV: los buenos, los malos y «aquellos que han partido de esta vida no tan mal como para no merecer misericordia, ni tan buenos como para merecer la felicidad inmediata». Era un avance realista en modular el castigo divino, pero planteaba también un problema de ubicación. Desde los inicios del cristianismo se rezaba por los muertos, una herencia judía, y se imaginaba que a uno todavía le quedaba algún comodín después de muerto para librarse de los pecados. Ya en el siglo VII se empieza a hablar en la Iglesia de «fuego purgatorio» y toma forma como un terreno concreto, calificado, en el siglo XII. Poco después, Santo Tomás de Aquino hasta probó su existencia.

    Los concilios de Lyon (1274), Florencia (1439) y Trento (1563) confirmaron la idea y dieron lugar a algunas de esas disquisiciones tan increíbles en estos foros sobre si el alma del purgatorio sabe si se ha salvado o no, o si el fuego que les castiga un poquito, no mucho, es real o metafórico. El historiador francés Jacques Le Goff ha explicado este fascinante proceso en su famoso libro "El nacimiento del purgatorio". «La aparición de un tercer espacio es paralelo al abandono del maniqueísmo y al nacimiento de una burguesía entre los pobres y ricos», afirma. Pero, sobre todo, la inauguración de esta parcela abrió nuevas perspectivas, tanto pías como económicas: modificó la jurisdicción sobre los muertos y lanzó el negocio de las indulgencias. Hasta entonces los difuntos eran cosa de Dios, mientras que de los vivos se ocupaba la Iglesia. Pero, tal como se planteó entonces el purgatorio, las almas que expiaban sus pecados podían ser ayudadas desde tierra firme mediante oraciones. Es decir, la Iglesia "tenía mano" en el purgatorio y vio reforzado su poder, además del cambio de mentalidad social que supuso el superar el bien y el mal, puro y duro, para saber que había esperanza en el más allá. El asunto de las indulgencias le acabó de hinchar las narices a Lutero y desde entonces los protestantes, como los ortodoxos, rechazan la idea del purgatorio.

    Aún así ningún concilio lo definió como lugar, sino como un «proceso», y el arte de la época apenas se metió en el berenjenal de representar un sitio con tan escasas referencias. Un "superventas" medieval, "El purgatorio de San Patricio", contaba las aventuras del caballero Owein, que en 1153 se internó en una caverna que llevaba a esta tierra del medio y salió para contarlo. La entrada, aseguraba, está en Irlanda, condado de Donegal, y todavía hay allí una iglesia donde peregrinan devotos y pirados esotéricos. En realidad, el éxito definitivo del icono del purgatorio no llegó hasta principios del siglo XIV y se debe a Dante, que en la "Divina comedia" lo diseñó de arriba a abajo, o más bien al revés, porque lo imaginó como una montaña en círculos concéntricos por la que subían al paraíso las almas con el aprobadillo raspado.

    En los mismos años, el papa Bonifacio VIII se inventó el jubileo, exactamente el 22 de febrero de 1300, una ocasión especial de grandes indulgencias a quien visitara Roma. A partir de entonces empezaron a proliferar las bulas para echar una mano a los seres queridos del más allá. El teólogo franciscano Alessandro de Hales, catedrático en París, hasta despejó el último misterio, la duración de la estancia en el purgatorio: calculó con la ayuda de las traducciones de Euclides el tiempo de purgación de cada pecado y su equivalente monetario para reducir la espera.

    Sin embargo, el 4 de agosto de 1999, en vista del último jubileo de 2000, Juan Pablo II desmitificó el purgatorio: «No es un lugar, sino un estado de purificación después de la muerte, pero ya en el amor de Cristo, para liberarse de los residuos de imperfecciones».

    En las últimas décadas, desde el Concilio Vaticano II, el jubileo ha perdido su carácter materialista y se ha convertido en una cita espiritual. Como explica la historiadora Lucetta Scaraffia, que escribió un libro al respecto por encargo del comité de la Santa Sede para el Año Santo, el jubileo «nació de la certeza del purgatorio y de la posibilidad de intervenir, con la ayuda de indulgencias, para modificar las penas de los pecadores en el más allá». Con el fin del negocio, el terreno del purgatorio ha quedado un poco, digamos, en el limbo.

    Comentarios
    • MIMIS /

    04/12/2005 - 13:46:32

    Enhorabuena al autor de este artículo, he pasado un rato muy agradable leyéndolo, es instructivo a la par que irónico.

    • /

    04/12/2005 - 14:20:49

    felicidades a quien haya redactado el articulo es genial.

    • /

    04/12/2005 - 14:23:39

    Mi comentario es este je je je

    • /

    04/12/2005 - 14:25:33

    el artikulo es tan bueno tan interesante y tan descarnado que pienso fotocopiarlo.

    05/12/2005 - 21:23:50

    que nos quedasmos sin puff tio!

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