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Un basurero sobre nuestras cabezas
09:56:15 - 26/11/2005VMT -10.000 aparatos, algunos radiactivos, constituyen el vertedero galáctico Esta chatarra inservible es un riesgo de colisión en las misiones espaciales.
Para casi todas las personas que miran las estrellas pasa inadvertida la cantidad de basura que se extiende sobre nuestras cabezas en la órbita terrestre. Tornillos, trozos de pintura, combustible, restos de cohetes y alas de naves espaciales constituyen el gigantesco cementerio de objetos que gira incesante en torno al planeta.
Se calcula que hay unos mil kilos de combustible nuclear en órbita y 1.600 de material radiactivo, según Miguel Belló-Mora, del Grupo Asesor de Basura Espacial de la Agencia Europea del Espacio (ESA). Desde el primer satélite que la Unión Soviética lanzó en 1957 -el Sputnik I- son hoy alrededor de 10.000 aparatos los que orbitan alrededor de la Tierra, además de billones de partículas de las que no se puede hacer un seguimiento. La cifra equivale a la basura que genera una ciudad como Granada en el transcurso de seis meses.
Esta chatarra inservible amenaza, en muchas ocasiones, el lanzamiento de nuevas misiones por peligro de colisión. Una capa de pintura seca de apenas un centímetro viaja por el espacio a una velocidad de 28.000 kilómetros por hora y si impacta contra el parabrisas de una nave que va a la misma velocidad actúa como un potentísimo proyectil que puede poner en serios aprietos la misión. Y todo por la nimiedad de ese resto de pintura que, en ausencia de gravedad, se vuelve muy rápido. El resultado puede ser mucho peor si la nave se topa con el resto de un cohete, de los que hay muchos vagando por el espacio.
Las piezas de un tamaño menor a 10 centímetros representan un mayor peligro para los lanzamientos porque los observatorios no las ven y no cuentan con ellas al trazar las órbitas de los objetos. La basura de mayor tamaño sí puede ser detectada y se puede esquivar al trazar la ruta de la misión desde tierra o directamente puede ser soslayada una vez en el espacio.
La vida humana tampoco está a salvo de este detritus flotante, que puede desafiar la seguridad de las poblaciones si se precipita sobre la Tierra. Un total de 50 satélites obsoletos con carga nuclear siguen dando vueltas alrededor de nuestro planeta e irán cayendo en los próximos años. En 1978 la nave rusa "Kosmos 954" se estrelló en Canadá. Afortunadamente, cayó en una zona deshabitada pero los 30 kilos de su batería de uranio enriquecido aún suponen problemas para los ciudadanos de los alrededores.
Existen varios ejemplos similares de naves que amenazan la vida por su carga radiactiva o por su enorme masa, como las 137 toneladas de la Estación Mir, que se hundieron en 2001 en las profundidades del Pacífico, a 5.800 kilómetros de Australia.
Las misiones fracasadas no suponen un riesgo plausible para las poblaciones porque, normalmente, los controladores pueden prever los "aterrizajes forzosos" lejos de zonas habitadas. «En la Tierra hay mucho espacio libre, aunque nos cueste trabajo creerlo, los hombres ocupamos una mínima superficie», comenta José María Quintana, miembro de la comisión de la ONU que estudia la utilización del espacio extraterrestre con fines pacíficos.
Quintana explica que los vehículos espaciales conviven principalmente en dos órbitas bien diferenciadas en sus alturas. En la órbita LEO (Low Earth Orbit), se encuentran los satélites espía y los de reconocimiento medioambiental, que están a entre 100 y 2.000 kilómetros de la Tierra.
En la órbita geostacionaria -conocida como GEO- se encuentran los satélites de comunicaciones, como el Hispasat español. Están mucho más apartados, a una media de 36.000 kilómetros de distancia, y rotan a la velocidad del globo, siempre constantes en el Ecuador.
La media de vida de todos estos dispositivos oscila entre los 10 y los 15 años. Después cesan su actividad, pero tardan desde cuatro días hasta 20.000 años en caer a la Tierra, dependiendo de la distancia a la que se encuentren.
A un aparato que "vuele" a 200 kilómetros de altura caer le lleva sólo cuatro días y normalmente se quema en la atmósfera. Cuando esto sucede, actúa como una gran estrella fugaz.
Una estación espacial a 600 kilómetros tarda en precipitarse entre 25 y 30 años y una que se encuentre a 20.000 kilómetros la enormidad de 20.000 años. Así, a lo largo del tiempo los artefactos se van almacenando en la órbita terrestre. Si los hombres del Paleolítico Superior hubieran mandado un objeto al lejano espacio, lo veríamos caer ahora.
El vertedero ya creado es imposible de remediar. La posibilidad de que enormes aspiradoras recojan la basura generada durante 48 años de carrera espacial es una solución fantástica e irreal. José Manuel Quintana lo corrobora contundente: «Sólo se puede actuar sobre las misiones futuras, pero lo que ya está hecho es irremediable».
El especialista lamenta que estos temas se trabajan muy despacio: «Las Naciones Unidas no tienen ningún órgano coercitivo, como un ejército, que obligue a cumplir una ley. Así que todo tiene que ser consensuado y es un proceso muy lento», explica Quintana, ex delegado del CSIC en Andalucía.
Una de las soluciones que propuso la ONU es que los satélites viajen con una reserva de combustible. El objetivo es que cuando acaben su misión o queden obsoletos puedan ser lanzados lejos de la órbita terrestre de modo que se pierdan en el cosmos y eviten contratiempos.
Esta idea ya se lleva a cabo en los satélites geoestacionarios, unos 300 en total. El lugar que ocupan estos instrumentos en el espacio goza de un gran valor estratégico para facilitar las comunicaciones.
Su número es limitado y se encargan de proveer de cobertura a determinadas áreas. «Cuando un satélite muere lo reemplazan rápidamente por otro que cubra su zona», apunta Quintana, el problema es que con las naves de la órbita LEO esto no ocurre, nadie se ocupa de ellas. «Se convierten en ataúdes volantes».
Quintana propone otras soluciones como construir vehículos «compactos, que se descompongan lo menos posible» o utilizar combustible que no explote en el espacio y evitar así la propagación de miles de partículas invisibles.
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