Una sola vez actuó en Sevilla el ya legendario tenor Luciano Pavarotti (1935-2007), cuya voz sobrenatural desgraciadamente se acaba de apagar para siempre. Fue el recital que ofreció el día 13 de mayo de 1991 en el Teatro de la Maestranza, dentro de la inolvidable programación de recitales líricos que sirvieron para hacer el "rodaje" de la histórica programación de la Expo"92. Fueron casi tres horas de canto, en las que el gran tenor de Módena, acompañado a piano por su paisano Leone Magiera, ofreció lo mejor de su arte y de su repertorio.
Yo tuve el honor de redactar los comentarios al programa de aquella actuación. Al final del recital, el público, enfervorizado, como enloquecido, se rindió al maestro. Fueron cuarenta y dos minutos de aplausos, ovaciones y bises; un récord que todavía no ha sido superado en el coliseo maestrante, aunque muy de cerca le sigue, con treinta y nueve minutos, nuestra genial Teresa Berganza. El escenario se llenó de rosas rojas. Nadie lo podrá olvidar. Al redactar al día siguiente la reseña del recital, lo tuve que resumir con estas palabras: "Inmenso Pavarotti". No pude encontrar otro titular.
Dos días antes fuimos a recogerlo por la mañana al sevillano Aeropuerto de San Pablo, en donde aterrizó en jet privado. Casi a pie de avión estábamos Luis Andreu, director del Maestranza; el director escénico Giuseppe de Tomasi, gran amigo del tenor, y el modesto autor de estas líneas, ferviente admirador siempre del arte del modenés. Dejó testimonio de aquella llegada ese artista de la cámara que es Manolo Sanvicente, autor también de la fotografía que ilustra el presente artículo y del reportaje gráfico que publicó al día siguiente como exclusiva ABC de Sevilla.
Se alojó durante tres días en el céntrico Hotel Colón y realizó la mayor parte de sus comidas en el Restaurante El Burladero, cuyo maître, el sanluqueño Manuel Inchausti, ya desparecido también desgraciadamente, atendió con esmero al gran artista. Asistí a una de estas cenas, la que tuvo lugar después del agotador recital. El restaurante, en homenaje al maestro, atendió a los comensales hasta pasadas las tres de la madrugada. Pavarotti se obstinó en defender que el mejor jamón del mundo era el "prosciutto di Parma". Inchausti le dijo que se quitara de la cabeza esa idea y que se lo iba a demostrar. Le puso en la mesa una fuente de jamón de Jabugo que quitaba el sentido. El buen comilón que era Pavarotti dio buena cuenta de ella y prácticamente nos dejó sin probarlo a los demás. En ese terreno admitía su derrota. "Ramone -como él me llamaba- sono vinto", es decir, estoy vencido, según me reconoció después de la prueba. Y también se aficionó al pescado de Isla Cristina. Lo degustó en el popular restaurante Sebastián de la calle Virgen de las Montañas, cuyo homónimo y simpatiquísimo propietario agasajó al tenor con lo mejor que había llegado esos días a nuestras costas onubenses, sobre todo las acedías y las puntillitas, sus grandes descubrimientos. Hay constancia fotografía de esta cena en el establecimiento, con dedicatoria incluida.
Se intentó que Pavarotti visitara durante su estancia en Sevilla (tres días en nuestra ciudad, igual que Verdi) algunos de los monumentos más célebres. Pero no pudo ser. Estos grandes artistas siempre están prisioneros de su propia popularidad. Todos lo reconocían por la calle, todos querían abordarlo. Porque el gran Luciano Pavarotti logró -y esa es una de sus claves- conectar siempre con el gran público. Su imagen y su simpatía personal lo convirtieron en uno de los artistas más aplaudidos por la gente joven y por los que nunca habían asistido a un concierto suyo.
Él triunfó en todos los coliseos líricos del mundo. Verdi, Puccini, Bellini, Donizetti, Massenet y Gounod fueron siempre sus talismanes. Pero nadie como él se adentró con tanto éxito en la canción popular italiana y, concretamente, en el repertorio napolitano. Su voz era prodigiosa, deslumbrante, clara, limpia, timbrada, abierta, brillante, riquísima en armónicos, bien modulada, proyectada siempre con decisión. Como voz natural, para mí era la más bella, única, inconfundible, siempre reconocible en timbre y color.
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Comentarios
18/09/2007 - 13:51:43
Me comentó mi tío José Luis, propietario del conocido restaurante La Moneda, casa Inchausti, en la calle Almirantazgo, del error de este artículo.
Yo soy hijo del maitre del Restaurante El Burladero, y sigo acordandome de él todos los días. Todavía me acuerdo de aquella noche en la que mi padre me comentó que había atendido a Pavaroti y me contaba anecdotas mientras yo permanecia, como tantas veces, con la boca abierta.
El error que os comento es que mi padre, QEPD, no se llamaba Manuel, sino Jesús, y tuve el honor de heredar su nombre, cosa que continuo haciendo con mi hijo. También os digo que mi padre no era Sanluqueño, sino sevillano. El que trabajó en Sanlucar durante muchos años fue mi tío José Luis (La Moneda) y ese puede ser el error.
Por último, agradezco de todas formas al recuerdo hacia mi padre aprovechando el homenaje a Pavaroti. Un saludo