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La exposición "Vivir del agua" permanecerá hasta diciembre en el Museo del Teatro de Cesaragusta
21:32:22 - 15/07/2008VMT -La muestra resalta la figura de los aguadores a través de cántaros, tinajas y paneles informativos
La exposición "Vivir del agua" que permanecerá hasta el mes de diciembre, se centra en la figura del aguador -azacán- y su trabajo diario, a través de la presencia de un cántaro, tinajas y paneles informativos. La tarea fundamental de un azacán (o aguador) fue el reparto de agua por las casas de la ciudad. Esta actividad se concebía como un servicio público, y como tal se encontraba reglamentado en prácticamente todas sus facetas. La recogida de agua se podía efectuar en el Ebro y en el Gállego "por su mayor limpieza, más delgada y batida", pero nunca en la Huerva "por ser más salobre". En cualquier caso, la recogida debía efectuarse con limpieza. Ya desde el siglo XVI se documentan pregones para evitar suciedad en la orilla. En 1785 se reserva a tal efecto la zona del arco del Sarrial (salida de la actual calle de los Aguadores), aguas arriba de la zona de lavanderas. Y en 1794 se recomienda recoger más agua en épocas de estiaje por ser más clara, la utilización de bancadas largas para adentrarse en la corriente, o no entrar en el río con los burros de carga. Tras la proliferación de las fuentes públicas en el último tercio del siglo XIX, a los aguadores se les limitó su aprovechamiento a determinados caños de la Fuente de la Princesa.
En cada carga, los azacanes llevaban hasta seis cántaros que disponían sobre un solo burro. Con él recorrían la ciudad acudiendo primero a los servicios fijos y voceando luego la carga, "a la grita". El precio del cántaro variaba en cada parroquia según su cercanía al río, oscilando, en el año 1661, desde los tres dineros en la Seo hasta los siete en Santa Engracia. La aparición de las fuentes públicas y la generalización del uso de carros y cubas en las cargas anuló este sistema de tarifas, pero continuó cobrándose más cara el agua que debía subirse por encima de un segundo piso.
El gremio de aguadores disponía además de permiso para la venta de aguas compuestas (de nieve, de cebada, de horchata de chufas, sorbetes) como se llamaba a las bebidas, por lo general refrescantes, fabricadas con una base de agua. Por otra parte también tenían la obligación de proceder periódicamente al riego de espacios urbanos como el puente de tablas o el salón de Santa Engracia y, sobre todo, a proveer agua para la extinción de incendios. Todos los azacanes debían guardar la última carga del día en sus casas por si resultaba útil en alguna quema. La alarma del incendio la transmitían las campanas de la Torre Nueva, asociándose el número de tañidos a cada una de las parroquias de la ciudad; ningún aguador faltaba a la quema de su zona, pues se estableció un sistema por el cual los primeros en acudir recibían un premio que debían abonar los últimos.
Durante la segunda mitad del siglo XVIII, el gremio de aguadores en Zaragoza lo formaban más de cien azacanes. Este número se redujo drásticamente a finales del siglo XIX con la proliferación de fuentes públicas. Las nuevas infraestructuras hidráulicas de las primeras décadas del siglo XX terminaron definitivamente con la necesidad de acarrear agua casa por casa; las cubas y las tinajas se arrinconaron, mientras los carros se reutilizaron para el transporte de otras mercancías. El agua ya no daba para vivir.
A las páginas de un ejemplar de Heraldo de Aragón de 1933 se asoman los dos últimos aguadores que ejercieron en la ciudad vendiendo la siempre más valorada agua del Gállego, o acercando las últimas cargas a obras como las del paso a nivel, donde aún no alcanzaban las tuberías. Consiguen con su testimonio transmitir la dureza del esfuerzo por una ajustada recompensa, un vislumbre del cansancio de cientos de azacanes durante siglos, y también la dignidad de un oficio que se sabe del pasado. Uno de ellos, interrogado por la progresiva desaparición de las fuentes públicas responde "con las fuentes nos vamos yendo nosotros también".
La vida de estas personas, que jugaron un papel fundamental en la vida diaria de los zaragozanos de los siglos pasados, es la que centra la exposición que se inaugura mañana, 15 de julio, en el Museo de Caesaraugusta. El aguador ha merecido diversos reconocimientos a lo largo de la historia, plasmados en obras pictóricas y literarias, así como en las palabras utilizadas para denominarlos y aquellos otros significados que se asociaron a ellas.
Durante la época romana, con el término aquarii se aludía al grupo de personas encargadas, como servicio público de la ciudad con funciones y puestos claramente definidos, del mantenimiento de las instalaciones hidráulicas ya comentadas. El mismo vocablo en singular, aquarius, dio nombre a una constelación, cuyas estrellas dibujan una figura humana vertiendo agua de un cántaro, y a la que se vincularon los valores de fortuna y prosperidad. No obstante, en la misma época, fueron los esclavos los encargados de acarrear agua hasta las viviendas en los casos necesarios.
Extinguidas las infraestructuras romanas y por tanto también las funciones de los aquarii, la labor ejercida inicialmente por los esclavos fue transformándose en oficio bajo el título de aquator, de donde deriva aguador. Esta denominación convivió durante varios siglos con la de azacán, evolucionada de la raíz árabe saqqa, que como nos dice Sebastián de Covarrubias "vale dar a beber o regar, porque el que riega da de beber a la tierra".
Es en la época moderna cuando se concentra el mayor número de referencias artísticas a aguadores y azacanes, ya con ciertos matices peyorativos asociados. El Lazarillo de Tormes (1554), en su breve tratado sexto, inicia la reconducción de su penosa trayectoria vital cuando trabaja como aguador a sueldo de un capellán durante cuatro años. Pero lo que es gran mejoría para Lazarillo no significa ni mucho menos buena posición social. Diego de Velázquez nos lo confirma en su conocido Aguador de Sevilla (1620), figura casi imponente, plena de dignidad, pero con su sayo raído y agujereado. Y también Don Quijote (1605) en su capítulo XXVI, aspirando a emparentar con monarquías imaginadas, porfía en sus hazañas para encubrir ser hijo de azacán o, lo que es lo mismo, de un pobre diablo que depende de su trabajo físico. El mismo Cervantes convirtió a los azacanes en protagonistas de La ilustre fregona (1613), novela ejemplar perfectamente enmarcable en la literatura picaresca española.
Ya en los dos últimos siglos, varias estampas representan a heroínas de los Sitios de Zaragoza, como María Agustín, transportando cántaros a las zonas de asedio. Con la llegada de la fotografía, descubrimos a los azacanes recogiendo agua en los ríos o fuentes, recorriendo las calles junto a sus burros o portando cántaros y cubas.
En suma, las anteriores referencias deben valorarse como un retrato aproximado de los aguadores: personas de baja extracción social, por lo general foráneos (asturianos en Madrid, franceses en Toledo), trabajadores desde la niñez a la vejez con ingresos que sólo alcanzan para salir de la pobreza absoluta y, por tanto, obligados a un esfuerzo permanente para efectuar su irreemplazable tarea, concepto este último que terminó por asociarse de manera inherente al vocablo, como certifica el actual Diccionario de la Real Academia Española: azacán.
Hasta la generalización de las cubas, o toneles de mayor capacidad, el cántaro fue el principal recipiente utilizado por los azacanes para el transporte de agua. Los ejemplares conocidos de los siglos XVII y XVIII presentan siempre una tonalidad de barro clara, como corresponde a las tierras de Zaragoza, y la misma tipología: perfil panzudo, boca corta, una sola asa y, en ocasiones, finas líneas incisas de decoración.
Su producción en los alfares de la ciudad se encontraba regulada por el concejo municipal respecto a la cantidad de cántaros, con el fin de garantizar su presencia continua en los mercados, así como al precio de cada unidad, y su capacidad, que las ordenanzas de 1751 fijaban en 26 libras, aproximadamente 8,5 litros. La garantía de estas condiciones se reflejaba en el mismo cántaro mediante varios sellos: el león rampante, símbolo de la ciudad, dos círculos concéntricos como señal de revisión, y por último las letras o signos identificativos de cada alfarero.
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