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Más de treinta coches clásicos y de época se exhiben en Rueda por iniciativa de la bodega Yllera

13:02:23 - 18/02/2008VMT -Sus propietarios son componentes del Automóvil Club de Salamanca
¿Se imagina conduciendo un Aston Martin como el de James Bond? ¿O un Ford Custom 300 como el que Marion hunde en la laguna durante "Psicosis"? ¿O circulando en un De Lorean como el que aparecía en la película "Regreso al futuro"? Pues es posible, puesto que estas joyas sobre cuatro ruedas son la pasión de muchos amantes del motor. Prueba de ello fue la concentración de más de 30 coches clásicos y de época que se dieron cita ayer a las puertas de la bodega Yllera, ubicada en la localidad vallisoletana de Rueda. Y es que tanto los primeros minis como las míticas "cucarachas" o una réplica del coche real de la reina de Inglaterra, relucían como nunca en el aparcamiento de esta bodega junto a sus propietarios, componentes del Automóvil Club de Salamanca.
Un Citroën de 1952 fue el sueño de Manuel Jesús Domínguez durante toda su infancia. «Cuando era niño, este coche era el modelo con el que soñaba cada noche», afirmaba ayer este salmantino, mientras rememoraba como se imagina recorriendo miles y miles de kilómetros. Pasaron los años, y esta quimera fue dejando paso a otras, pero un día durante un viaje a Madrid, vio como aquel anhelo se hacía realidad. «Encontré una empresa que se dedicaba a la restauración de clásicos» y tras varias negociaciones por fin tuvo en su poder la llave que haría posible que el sonido del motor le retumbaran en los idos como si se tratara de una canción. De esto ya han pasado casi tres años, pero «la satisfacción de conducirlo es la misma que la del primer día».
Manuel pagó tres millones de las antiguas pesetas para ver su sueño cumplido. «Al principio quería conducirlo a todas horas, pero después te das cuenta de su valor y sólo lo mueves durante los fines de semana», añade.
Isaac Sánchez posee dos coches clásicos. Un Mercedes Benz Pontón 220 del año 54 y un Seat 131. «Los adquirimos por pura casualidad», explica. Este joven de 25 años acudió a un desguace junto a su padre y entre la chatarra vieron estas dos joyas. «El 131 fue el coche de mi padre cuando tenía mi edad, y yo era un coche al que tenía mucho cariño porque fue el de mi infancia. Al verlo lo adquirimos y desde entonces, hace ya un año y medio, no me separo de él» asevera Sánchez, quien añade que la mayor satisfacción que producen estos vehículos es «escuchar el sonido del motor al arrancarlos».
En un futuro no muy lejano tiene en la mente ampliar su flota de cuatro ruedas con un Ford Mustang o un Chevrolet Camaro de los años 60.
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