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El oasis de los sueños rotos

19:30:25 - 20/07/2008VMT -Francisca "Paqui", la última inquilina de un destartalado edificio sin catalogar del cuartel Conde Ansúrez, anhela adecentarlo para abrir un albergue de indigentes
"Voy a hacer una casa sin techo pero con techo", declara segura de sí misma Francisca "Paqui". Esta extremeña delgaducha más que hablar conversa en verso, o lo intenta, para huir de la soledad y de la locura que le rodea en la penumbra de la primera planta de la destartalada residencia del picón del cuartel Conde Ansúrez, el único sin catalogar que sigue en pie, de la esquina del Arco de Ladrillo con la calle Sargento Provisional.
Allí, sola y sin más compañía que una planta medio seca para la que no tiene agua con que aliviarla, vive esta mujer de 43 años a la que el "destino" llevó el jueves por la noche a descubrir lo que ella considera un "palacio" con posibilidades. "Esto va a ser muy bonito, grande y emprendedor", reitera antes de aclarar que su intención es transformar las ruinas que le rodean en una suerte imposible de albergue para indigentes que como ella no tienen donde refugiarse del sol abrasador de julio.
En esas estaba a primera hora de la mañana del viernes cuando recibió la visita de este periodista al que ella misma recibió escoba en mano. "Pasa, pasa, por favor, que me vas a ayudar a cambiar esto", casi gritó desde lo que queda de escalerilla de entrada al edificio que acogió a decenas de humildes huéspedes que lo fueron abandonando a medida que el fuego devoraba las dos plantas superiores. Pero queda la primera y allí se ha hecho fuerte una mujer de apariencia no menos fuerte pero frágil como el cristal que rompe a llorar cada vez que le preguntaban por su vida, por las circunstancias que la llevaron a ser la reina de un oasis de sueños rotos.
Ella capea el interrogatorio como José Tomás a un Miura y enseguida cambia de tercio para volver a su anhelo y motor de vida: "Ahora me ves así, pero voy a cobrar una herencia en Zamora de una clínica con toda la tecnología alemana que me va a ayudar a convertir este hostal en un hotel de cinco estrellas". Los sueños sueños son y lo cierto es que Paqui, al menos, ha limpiado de arriba abajo las estancias desiertas de la primera planta de un palacio sin ventanas ni mobiliario y con los escombros de los pisos superiores llamando a las puertas del hueco de las escaleras que les comunica.
"Esto es algo muy importante para mí y pienso buscar al dueño para pedirle permiso para hacer el albergue", continúa la extremeña natural de Badajoz y afincada en el "mundo" ajena a que sobre el terreno que ahora pisa está prevista la construcción de 870 viviendas de lujo muy alejadas de los fines sociales que protagonizan una quimera que ella vive como real.
Pocos pobres de solemnidad quedarán en unos años sobre los antiguos terrenos militares convertidos desde su cierre en el 2000 en el mayor foco de indigentes, toxicómanos y saqueadores de la ciudad. La miseria dará paso entonces a la opulencia. "Y todo siempre por el dinero, por el puto dinero que todo lo mueve", apunta Paqui de vuelta a la realidad.
Pero, "¿qué te pasó para verte así?", vuelve a preguntarle su ahora acompañante por las ruinas de su "negocio". Francisca, un tanto desprevenida, accede a contestar. "Es una historia de amor muy bonita pero con un triste final", arranca esta vez su relato más sincero. Un divorcio, dos hijos a los que no ve y "así me tienes ahora", prosigue la protagonista de un relato teñido seguramente de drogas que ella dice "aborrecer".
"A él ya no le quiero ni quiero estar nunca más con él", anuncia dolida antes de matizar que estos días "está preso pero no por mi culpa sino por vicio, vicio, vicio". Paqui reitera hasta en tres ocasiones esta última palabra en el marco de una extraña costumbre que en adelante, y hasta el término de esta conversación, repetirá a menudo al referirse a asuntos tristes.
Superado el inciso personal, Francisca vuelve a refugiarse en su oasis particular y no duda en mostrarlo habitación por habitación: "Mira, tengo tuberías para el agua, cuarto de baño, barra para poner la recepción y cocina", señala orgullosa mientras recorre cuartos vacíos o señala tuberías oxidadas por las que hace ocho años que no corre el agua y una barra de lo que debió ser la cantina de la residencia para la tropa.
Ya en el jardín poblado de malas hierbas de la entrada, la inquilina insiste en su fantasía y dice que "esto va a ser un jardín precioso llamado Paqui a secas en el que pondré una gran cruz -en la imagen señala el lugar- para dar gracias a Dios por traerme hasta este lugar y dejarme arreglarlo".
Sus buenas intenciones se disipan un poco al finalizar la visita guiada cuando la extremeña pide "cinco euritos" para un supuesto taxi y recibe un no por respuesta. "Dinero, siempre el puto dinero".
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