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Fiesta en el Liceu
08:13:07 - 22/10/2007VMT -160 aniversario del teatro barcelonés
NO todos los teatros de ópera del mundo pueden darse el lujo de apagar 160 velitas. El Liceu cumplió esa cantidad de años en el pasado mes de abril, pero no ha sido hasta el lunes de la semana que ahora termina cuando la ocasión se celebró. Y fue a lo grande, aunque a puerta cerrada. Curiosamente no convocaba el Gran Teatre, porque se trató de un aniversario múltiple: si el Liceu cumplía 160 años, el exclusivo Círculo del Liceo hacía lo propio. Ese club de melómanos y amantes de las artes, parte fundamental de la historia del coliseo lírico barcelonés, fue creado en noviembre de 1847 con el fin de apoyar la construcción del entonces nuevo teatro, además, claro está, de potenciar las relaciones sociales.
En todos estos años el Círculo, que hoy preside Joaquín Calvo, ha ido atesorando una considerable colección de obras maestras de la pintura, manteniendo intacto el espíritu «noucentista» que decora muchos de sus ámbitos interiores. Pero la fiesta del lunes en el Liceu, a la que asistió la Infanta Doña Cristina, tenía también otro anfitrión, la Sociedad de Propietarios que preside Manuel Bertrand.
Esta entidad que agrupa a los antiguos constructores y dueños del Gran Teatre, quienes cedieron su titularidad a las administraciones públicas después del incendio que devastó el teatro en enero de 1994, también celebraba este más de siglo y medio de ópera y de artes escénicas. Ambas asociaciones invitaron a la cita al Conservatori del Liceu que este curso celebra nada menos que 170 años de historia.
Por una noche, el Liceu se transformó en una pasarela de modelos de etiqueta, porque este era el protocolo, sobre todo para los 500 comensales de la cena que se ofreció en el Foyer y en el Círculo del Liceu después del recital efectuado en la sala grande. Vestidos largos, pajaritas, pieles, joyas, capas... Durante la velada todo aquello que habitualmente se asocia a la ópera se hizo realidad, con una mirada cargada de nostalgia y exclusividad.
El cambio, respecto del Liceu nuestro de cada día, fue más que notorio y hablaba de tiempos pretéritos, de unos lujos propios de otras épocas o de otros lugares del mundo. Lujo teatral, de sueños e ilusión. Porque el acto iba más allá del tradicional baile de gala del Círculo, de la función de estreno de temporada o de cualquier acto privado acogido por el Gran Teatre.
Alimentaba una manera de ver la vida que sigue intacta en una clase social que hoy en día continúa nutriendo al empresariado catalán, una burguesía que admira y protege las artes, que con un gesto generoso consideró oportuno ceder la titularidad del Liceu en medio de unas circunstancias difíciles y dramáticas. Los 160 años de vida del buque insignia de la lírica española, al menos para unos cuantos, fue toda una fiesta.
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