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26 de los 30 comercios de Cánovas son inaccesibles para discapacitados

09:30:55 - 08/03/2008VMT -El centro de la ciudad está repleto de obstáculos para quienes van en silla de ruedas
Paco es parapléjico. Cada vez que sale a la calle lo hace sentado. Y eso significa no poder cruzar la calle por el paso de peatones porque hay un coche parado en el medio, tapando la rampa. O no poder hacerlo porque no hay rampa. O que la rampa esté rota. O que entre la acera y el asfalto haya un hueco imposible de salvar. Significa también entrar en un edificio y toparse con una rampa de una pendiente tal que no la suben ni la mayoría de las personas válidas. O querer comprarse unos zapatos y no poder entrar en la tienda porque hay escaleras, aunque sean pequeñas. O tener que elegir el bar en el que desayunar en función de si tiene o no un aseo adaptado. O algo aún más cotidiano: que el panadero tenga que sacarte la baguette a la calle cada mañana.
Ese es el pan de cada día de Francisco Javier Pérez, arquitecto técnico, en silla de ruedas desde que un accidente (prefiere no dar más detalles) le dejó parapléjico. Como él mismo dice, sus piernas son "decorativas". O sea, tienen una utilidad parecida a la de muchas de las rampas que hay repartidas por el centro urbano de Cáceres, un conjunto de calles y avenidas de paseo más o menos agradable para la mayoría, una caja de sorpresas desagradables para los discapacitados. Comprobarlo es sencillo. Basta con acompañar a Paco a dar una vuelta por el entorno de la plaza de América.
El paseo arranca al mediodía en la avenida de Antonio Hurtado en dirección al centro. Tras cruzar un paso de peatones, primer inconveniente: falta una baldosa en mitad de la acera. Para cualquiera no constituye mayor problema. Para alguien que se mueve en silla de ruedas, una plaqueta sin reponer obliga a detenerse y girar. Es una reacción instintiva, como la que puede tener un conductor al advertir un socavón en mitad de su camino. Con la salvedad de que en este caso, no sufren los neumáticos y los amortiguadores, sino un cuerpo humano, por muy dormido que esté de cintura para abajo.
Giro a la derecha para tomar la calle Reyes Huertas y entrar en una de las zonas peor dotadas de toda la ciudad desde el punto de vista de la accesibilidad. A cuarenta metros de la esquina surge un paso de peatones inútil para quienes utilizan silla de ruedas. La rampa es un poema: tiene una pendiente excesiva, le falta una baldosa, hay otra medio rota, y el hueco entre el asfalto y la acera es un agujero de un palmo de alto repleto de chinas. "Aquí me clavo yo... Tengo que saltar", avisa Paco. Ante ese panorama, no le queda otra que olvidarse del paso de cebra y cruzar la calle de modo ilegal, por el centro de la calzada, entre los coches, expuesto al humor de los conductores.
En la calle Badajoz, la situación no cambia. Esta vez, el paso de peatones no tiene rampa alguna, lo que obliga a todo el que se mueve en silla de ruedas a buscar en los alrededores, entre los coches aparcados, un hueco que coincida con un bordillo cuanto menos alto mejor. Encontrar ese lugar puede suponer volver de atrás hacia adelante, dar un rodeo, perder el tiempo. ¿Y cabrearse? "Yo soy una persona optimista, de lo contrario me pasaría el día enfadado", dice Paco.
De hecho, llama la atención la paciencia. Quizás sea cuestión de práctica, de acostumbrarse, de dar buena imagen ante la prensa (no lo parece) o una filosofía de vida, pero sorprende que Francisco Javier no suba la voz ni tuerza el gesto al segundo coche tapando una rampa para minusválidos. Sucede en la ronda del Carmen, aunque el conductor no tarda en aparecer y ofrecerse gentilmente a quitar el vehículo o ayudarle a subir la acera. "No se preocupe, no se preocupe", le agradece él.
En la avenida de España se abre a los ojos el territorio de las tiendas, un mundo diferente al entretenido que tienen en la cabeza quienes no necesitan una silla de ruedas. En la acera de los números pares hay veinte comercios (incluye los de hostelería), de los que sólo uno tiene rampa. En la opuesta, la de los números impares, hay diez, y sólo tres (la galería comercial y dos de cadenas famosas) tienen su entrada justo a ras de calle. La proporción es alarmante. "Lo que hago es pegar una voz para que me oiga el dependiente y salga a ayudarme", explica Paco, que conoce la realidad de las barreras arquitectónicas desde dos ópticas: la de minusválido y la de arquitecto técnico.
Durante años ejerció su profesión, con varias experiencias en la administración. Le tocó lidiar con ayuntamientos de aquí y de allá, y conoce la normativa sobre la materia. "Hay muchas leyes sobre accesibilidad, el problema es que las cumplen sólo cuando quieren", reflexiona. "Aquí no hay conciencia de denunciar -continúa-. A casi nadie se le ocurre denunciar al Ayuntamiento cuando encuentra algo que no está bien, algo impensable en otros sitios, en Inglaterra o en Estados Unidos. En Estados Unidos, por ejemplo, sí se denuncia. Y allí no hay baldosas".
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