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Casi 300 extremeños murieron en el campo nazi de Mauthausen

09:41:45 - 16/09/2007Vocento VMT -Los hijos de las víctimas de los nazis se movilizan para reclamar su memoria
Un total de 274 republicanos extremeños -216 de Badajoz y 56 de Cáceres- murieron en el campo de concentración nazi de Mauthausen. Fueron conducidos allí tras ser capturados por las tropas alemanas en Francia, país en el se habían exiliado en 1939 huyendo de la represión tras el fin de la Guerra Civil española, y pasaron a formar parte de la enorme lista de víctimas que perecieron en aquel lugar, y que, según las estimaciones, fueron más de 120.000.
Eufemio Jaime García Álvarez es uno de los "niños perdidos del franquismo", y participa activamente para los hijos de los deportados españoles que perecieron en aquel campo de exterminio puedan recibir las indemnizaciones que la Administración francesa otorga por ley a los huérfanos de los deportados que murieron. Ya ha cumplido los 73 años y hoy vive a caballo entre Madrid y Cuacos de Yuste, de donde es su esposa. Su infancia y juventud fueron dolor, desarraigo, soledad y sufrimiento. Tanto, que llegó a estar a las puertas del infierno nazi de Mauthausen, a donde fue conducido con seis años desde la ciudad francesa de Angulema, junto con sus padres, una hermana de tres años y una joven tía de 11. Formaban parte del tristemente conocido "Convoy de los 927". A la ciudad gala habían llegado como exiliados republicanos.
927 era el número de españoles republicanos detenidos por las tropas alemanas y primer contingente que fue conducido en un mercancías al campo de concentración de Mauthausen, tras la invasión alemana, "con la connivencia del régimen franquista", precisa. Allí llegaron familias enteras hacinadas. Muchas, enfermas y hambrientas.
Era el 24 de agosto de 1940. Su padre, Eufemio García García, natural de Cañizares (Zamora), quedó preso con 60 años en aquel averno. Igual que todos los varones, incluidos los adolescentes. "Recuerdo -relata Jaime- que viajábamos en un tren de mercancías, estaba afeitándose y entró un intérprete, pero mi madre le dijo que esperara a que acabara mi padre, a lo que éste le contestó que allá donde iba no lo necesitaba. No le volvimos a ver". "Yo pensé que le fusilarían nada más bajar del tren contra aquel paredón de la estación", recuerda hoy con la imagen viva en la retina, el dolor intacto y los ojos emocionados.
Horror atroz
Pero no fue así. Fue peor. Su padre moría en el cercano campo de Gusen en diciembre de 1941, tras sufrir cotidianamente las imágenes del horror más atroz jamás vivido: trabajos forzados, palizas, vejaciones, torturas, suicidios, ejecuciones y exterminios colectivos.
Al niño Eufemio Jaime García Álvarez le salvó la edad (sólo hicieron bajar a los varonesmayores de catorce años). Y a su hermana y su madre, su condición femenina. Ellos no llegaron a bajar de aquel tren de mercancías en el que se hacinaban unas cuarenta personas en cada vagón, y recuerda que les tuvieron tres días dando vueltas porque no sabían qué hacer con ellos. "Entre mujeres y niños volvimos 426", afirma.
Tras un penoso viaje en el que se cebaron contra niños y madres el hambre, el frío y las enfermedades, fueron repatriados, no sin penalidades, a España por Hendaya. Abandonados a la suerte de una vida de miseria en Madrid, recuerda Eufemio que allí se acabó para él el sueño de su padre de verle convertido en ingeniero. Y la familia quedó rota.
"Nos mandaron con unas señoras que decían que eran tías nuestras, pero que no conocíamos y a mí me trataron muy mal", afirma, tanto, que se escapó de aquella casa. Otros muchos chiquillos fueron dados también en adopción a extraños, "un delito contra la humanidad", dice hoy.
Dura vida
Tenía siete años y la Guardia Civil lo capturó y le puso a disposición del Tribunal Tutelar de Menores. Entonces conoció la dureza de la más cruda postguerra. Ingresado en un colegio madrileño durante 10 años, acabó, años después, en otro Valencia.
A los 11 años recibió el bautismo, la comunión y la confirmación, al descubrirse que no tenía partida de las primeras aguas. No obstante, a los 8 ya había tomado la comunión en el centro madrileño, como uno más. Años después, su padrastro le reclamó "y por fin salí del colegio de Valencia el 53".
Tenía 18 años, pero en aquella época la mayoría de edad era a los 21. No obstante, pudo reencontrarse con su madre en la Puebla de Motalbán, donde vivían hacinados en un pequeño habitáculo los hijos de uno y otro matrimonio. Allí conoció a la que más tarde sería su mujer, Teodosia Morales Martín, de Cuacos de Yuste. La muerte de su madre, tras años de ausencia, le dejó un vacío irremplazable.
Pese a todo, el paso por los colegios le había servido para adquirir una formación que le llevó a trabajar de administrador de una empresa. Su quiebra le forzó a buscar el amparo de unos familiares y a probar la dureza de la mina en el País Vasco. Solo en la vida, marchó después a Madrid, donde pudo estabilizarse, formar una familia y trabajar hasta su jubilación de conserje de finca urbana.
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