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El Colegio Delicias cumple medio siglo

13:07:41 - 20/12/2007Vocento VMT -El centro recopila fotos y testimonios históricos que sirven para repasar su vida y la educación en España
¿Y Joaquín Moreno, se jubiló?, pregunta Andrés a Juanjo. Y el director del colegio le responde: "Se jubiló... Y se murió, el pobre". El antiguo alumno tuerce el gesto y vuelve la vista al panel de fotos históricas. La exposición ocupa la mitad del largo pasillo, y en ella hay de todo: una alumna de perfectas trenzas con la cartilla de "El parvulito" bajo el brazo, monjas, banderas de España, retratos de Franco, niñas vestidas de primera comunión...
En realidad, no hace falta cruzar la puerta del Colegio Público Delicias para saber que el centro está de cumpleaños. Desde la Avenida de Hernán Cortés, frente a la plaza de toros, se ve el cartel que desde hace varias semanas cuelga de dos palmeras, en el patio. En letras negras, "50 aniversario", y debajo, en rojo, "C.P. Delicias". Cada día pasan bajo esa pancarta 285 escolares, que están a punto de cerrar una semana histórica. Ellos, los alumnos, han hecho cosas distintas estos días, pero también los profesores. Y hasta quienes ya no tienen nada que ver con el colegio.
Por ejemplo, Antonio Viudas Camarasa, filólogo y profesor en la Universidad de Extremadura. Con su cámara de fotos colgada al cuello, entra en una sala y antes de que Juanjo le abra la puerta, tira de recuerdos. "Esto era un lugar infecto", le dice. Hoy, es un aula más o menos ordenada, que utiliza el psicólogo del centro y que simboliza una de las muchas diferencias del Delicias del año 1957 y el del 2007.
Tal como reza la leyenda en la fachada principal, la Agrupación Escolar Delicias nació en el año 1957, pero esas paredes escucharon lecciones mucho antes. Bien lo sabe Alfonso Pérez, alumno en el año 1935. "En 1936, cuando empezó la Guerra Civil -rememora-, el edificio quedó para hospital, y también fue Escuela de Magisterio, los niños dejamos de venir, y algunos seguimos yendo a clase a las casas de los profesores". Él continuó aprendiendo de la mano de don Amando, que le recibía junto a otros cuantos en su vivienda de la calle Reñidero de Gallos. Finiquitada la contienda, en 1939, Alfonso pudo volver al Delicias, a intentar coger moreras en el jardín con estanque al que salían a jugar. "Me acuerdo que al que lo cuidaba le llamaban "El chori" -cuenta-, y que no nos dejaba coger moras, hasta que alguien le regaló una botella de vino; desde entonces, nos movía los árboles para que cayeran y nos las lleváramos".
Hoy, en ese lugar no hay un jardín, sino una pista deportiva, y lo más parecido a las moras de "el chori" son las palmeras, que según dice Andrés Talavero, tienen más o menos la misma edad que él. El pintor, escultor y fotógrafo cacereño volvió ayer a uno de los escenarios de su infancia, y se le notaba cierta emoción. "Enséñame el colegio, que estoy deseándolo", le decía al director antes de empezar la visita guiada.
Hoy, el Delicias es un colegio más bonito por dentro que por fuera, con aulas llamativamente amplias y unos techos que según Alfonso Pérez, tienen la misma altura que antes del conflicto bélico entre las dos españas. El antiguo alumno coge un boli y un BIC azul y dibuja la planta del edificio del colegio en los años cuarenta. Entonces, tenía forma de "U", pero años después fue mutilado y quedó reducido a una "L" por culpa de la carretera de Trujillo, actual Avenida de Hernán Cortés.
Fueron fechas históricas en la historia del Delicias, que encuentra sus orígenes en 1925, cuando nacen las escuelas unitarias para los niños del barrio. Era un bloque de una sola planta (ahora tiene dos) con dos aulas para niños y otras dos para niñas, bautizado como Escuela de Delicias. En 1932 y durante la Segunda República, la administración amplió el inmueble por cada uno de sus lados. En 1934 se cercó el campo escolar, que llegaba hasta el Instituto de Higiene (hoy centro de salud de la plaza de Argel).
Esos pasos en la evolución del centro están recogidos en dos folios plastificados que cuelgan de una de las puertas del pasillo principal. El resumen histórico lleva la firma de un grupo de alumnos, y está incluido en el número especial de "El perejil", el boletín escolar que edita el colegio. "Pasada la guerra civil -se puede leer en el trabajo de los escolares-, el nivel cultural de los alumnos era muy bajo. Para séptimo sólo quedaban 25 niños, incluyendo en estos los que sabían multiplicar".
En 1954 se cayeron los techos, hubo que cerrar el edificio y los alumnos fueron trasladados al lugar que entonces todos conocían como central lechera. "Las perspectivas eran desoladoras cuando se clausuró el edificio -explica el resumen-. La matrícula bajo mucho. Además, la central lechera era un edificio pequeño y no podían ir todos los cursos a la vez, por lo que iban tres maestras por la mañana y tres por la tarde. Por entonces vino el ministro don Joaquín Ruiz Jiménez, el señor obispo intercedió y cuando aquel se marchó a Madrid, mandó al arquitecto del Ministerio para que hiciese un proyecto para el edificio. El proyecto pareció descabellado y quedó tal y como está en la actualidad".
Todo eso ocurrió en 1957, cuando Julia estrenaba la treintena. Ahora tiene ochenta, y sigue echando de menos el Delicias, donde trabajó durante quince años, todos ellos enseñando a los más pequeños, en preescolar. "Cuando yo me jubilé tenía cuarenta alumnos en clase, y otros veinte en lista de espera", recuerda la maestra, que ayer tuvo la oportunidad de volver a abrir la puerta de la misma clase en la que ella ejerció. "Hubo un tiempo -asegura- en el que todo Cáceres quería traer aquí a sus hijos".
Lo dice mientras una veintena de críos se revuelve a su alrededor. Unos, sentados a la mesa, apuran la carne guisada con lechuga, y otros hacen bailar un aro en torno a sus cinturas mínimas. "En mi tiempo -apunta Alfonso Pérez-, toda la gimnasia era correr y correr y jugar". Se jugaba por entonces, quizás más que ahora, hasta con las palabras. Y eso explica que el Delicias tenga otro nombre: "el perejil", nacido de una anécdota que acabó por convertirse en costumbre. La autoridad que inauguró el edificio se apellidaba Pérez Gil. El habla popular hizo lo demás.
"Lo mejor de este colegio son los alumnos, y yo llevo cuarenta años en esto", resume Juan José Pacheco, que apura su último año como docente. Él es quien guía por las dos plantas del inmueble a Andrés, Antonio, Alfonso y Julia (los cinco intervendrán esta tarde en una mesa redonda a las ocho de la tarde en el aula de cultura de Caja Extremadura, en la calle Clavellinas). También es quien saluda a la mujer que limpia el aula, quien detalla qué hay en cada sitio o elogia la excelente iluminación de todo el edificio, "típica de la República", apunta.
Hasta hace una década, más o menos, esos ventanales no tenían persianas, y hasta hace unos meses, seguían ocupando su sitio los muebles traídos en los años setenta, podridos de puro viejo. "Este año nos hemos gastado mil y pico euros en renovar buena parte del mobiliario -explica el director-, nos trajimos un camión lleno de cosas del Ikea".
Esas modernidades son los cambios más apreciables, según Pepa Pulido, que atiende la secretaría desde hace ocho años, aunque entró en el Delicias hace catorce. "El primer sitio en el que me pusieron la secretaría -evoca- fue un almacén que reconvirtieron poniendo una mesa, y que ahora es el aseo de chicas". Está justo en el extremo contrario a los despachos, donde estos días se amontonan los recuerdos. Andrés Talavero, por ejemplo, recuerda el trayecto que él y sus dos hermanas hacían desde el colegio hasta casa, en el Olivar Chico de los Frailes, donde sus padres trabajaban como guardianes. Tampoco ha olvidado el legado vital que le supuso su contacto con la profesora doña Faustina, que acabó por resultar clave en su vocación artística.
Alfonso Pérez recuerda que utilizaban más la enciclopedia de Dalmau Cortés que la famosa de Álvarez. Y Antonio Viudas habla con una sonrisa a medio esbozar de los años en los que presidió la Ampa. "Nos peleábamos con Pilar Merchán (ex presidenta de la Diputación Provincial de Cáceres), que entonces era directora del Moctezuma, y discutíamos para que a nosotros también nos llegaran las subvenciones -continúa-, había padres que querían ser profesores, y recuerdo también que la calefacción nunca funcionaba".
Quienes no pueden echar la vista tan atrás porque llevan menos tiempo, como Ángel Borja, arriman el hombro para festejar como está mandado el cincuentenario. Él es el actual jefe de estudios, y a sus funciones habituales ha añadido en los últimos meses la de coordinar el programa de actos conmemorativos. Ha ejercido en La Vera, en Talayuela, Jerez, Arroyo de la Luz y desde hace seis años, en la capital. El Delicias ha sido su primer colegio urbano, y quizás por eso, por su vinculación con el mundo rural, advierte que la principal diferencia está en el alumnado. "Los de la ciudad saben menos de flora, de fauna y de animales", apunta Ángel, que cita como único imprevisto "el tiempo, que ha hecho que algunos actos tengan que celebrarse dentro y no en la calle como estaba previsto". Uno de esos actos será el descubrimiento de una placa alusiva a la efeméride, que la alcaldesa descubrirá hoy. Cuando Carmen Heras corra la tela y luzcan al aire las letras, quedará pública constancia de que el Colegio Delicias, "el perejil", lleva más de medio siglo enseñando. Que le pregunten si no a Antonio, a Alfonso, a Pepa, a Ángel, a Juan José, a Julia. O a Joaquín Moreno, que, si quiera por unos segundos, ha vuelto a la memoria de Andrés Talavero.
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