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La Feria de la Prehistoria arranca con bastante público, sobre todo infantil

19:04:35 - 23/03/2008VMT -El principal reclamo son los seis talleres que ilustran acerca de los modos de vida de los primeros hombres

«No, no, no lo pruebe, yo ya tengo varios huesos tocados». El monitor le advierte, pero el hombre es tozudo. «No pasa nada, lo voy a probar con la uña, como hacía mi suegro con los cuchillos». Lo que va de mano en mano es una punta como las que utilizaban los hombres prehistóricos. La acaba de fabricar un joven con barba de tres días, con chaleco multibolsillos y la cabeza coronada por un sombrero negro que le da aún más aire de aventurero.

Su estampa resulta clavada para la cita: la segunda edición de la Feria de la Prehistoria en Maltravieso, una mirada hacia atrás, hacia los años de los primeros humanos. Está en la explanada situada junto a la entrada a la cueva, arrancó ayer con bastante público, sobre todo infantil, y su visita es aconsejable. Como único requisito previo a la visita, basta conocer el significado de la palabra prehistoria . «Período de la vida de la humanidad anterior a todo documento escrito y que solo se conoce por determinados vestigios, como las construcciones, los instrumentos, los huesos humanos o de animales, etc.». Lo dice el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua en su primera acepción, y se ejemplifica hasta el día 26 en Maltravieso.

Los talleres didácticos permiten responder a preguntas que pueden rondar lo mismo las mentes infantiles que las adultas que no hayan profundizado en el asunto de la evolución de la especie humana. ¿De qué se alimentaba la gente que habitaba estos pagos en la Prehistoria? ¿Cómo se comunicaban? ¿Qué hacían para quitarse el frío? ¿Dónde vivían? Para tratar de aportar luz están los jóvenes que atienden los talleres. Aunque unos más que otros, todos se expresan en lenguaje llano, alejado de tecnicismos que desanimen al público. Y con las manos hacen cosas llamativas. El mismo joven del sombrero que sacaba cuchillos de una piedra, anticipaba lo que la concurrencia va a conocer en el siguiente puesto. «Sin el fuego -resumía- no seríamos más que monos talladores, sin el fuego no habría nada».

Ante semejante carta de presentación, niños y mayores no pierden el tiempo para cambiar de tenderete, a quince pasos. Allí, un joven arrodillado demuestra que es posible hacer fuego sin un mechero ni cerillas ni nada que se le parezca. Con dos trozos de madera y algo de paciencia. Bastan un par de minutos frotando para que de la madera surja el humo. Al poco, una ceniza incipiente, que aumenta al contacto con el esparto, y que sigue creciendo al soplarla cuidadosamente. En apenas tres minutos ha surgido la llama. «Es sencillo, lo puede hacer cualquiera, sólo hace falta un poco de práctica», dice él una vez que de la nada ha conseguido una llama en toda regla. «Y estudiar Historia», apunta una chica. «¿Qué va! -corrige él-. Ellos no estudiaban historia y lo hacían».

Esta parte más práctica de la Feria está dividida en seis apartados: la caza, las herramientas, las posibilidades del hueso y la madera, el fuego, el arte y la cerámica. En esta última, otro de los integrantes del equipo de investigación Primeros Pobladores de Extremadura, impulsores de la iniciativa, maneja «un trépalo -explica-, un instrumento que sigue usando en Mauritania y en el sector de la joyería».

Acto seguido, se pone a golpear el suelo para hacer un agujero. «Eso con lo que estás cavando es un asta de ciervo», apunta en tono interrogativo uno de los que siguen la demostración. «Sí, es de ciervo, iría más o menos por aquí», confirma el joven con la base del cuerno colocada en un lateral de su cabeza. «Bueno, esto no lo voy a repetir mucho», bromea.

Aunque en otro sentido, también bromea el del taller de arte, al que se acercan todos los niños para que les pinte el perfil de las manos sobre un papel pegado a la pared. Los críos salen con las manos manchadas, pero parece que les importa más a las madres. «No os preocupéis, la mancha sólo dura tres o cuatro años», les dice el monitor. «En la cueva llevan dos millones de años y no se han borrado», señala un padre. «Dos millones no, pero veinte mil años sí», aclara el chico de la barba, que no lleva sombrero pero sí chaleco. Ayer, como sus compañeros de los otros talleres, acercó las rutinas de la Prehistoria en general y de Maltravieso en particular a todo el que se acercó por allí. Mayoritariamente fueron niños. Pero también adultos. Unos se divierten. Aprender, aprenden todos.

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