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Los "gorrillas" imponen su ley y su peaje

08:14:25 - 18/05/2008VMT -Ni la implantación del Servicio de Estacionamiento Regulado ni la acción policial han conseguido acabar con esta práctica

Además del coste de zona azul, la tasa de los "gorrillas". Es lo que, cada mañana, se encuentran los usuarios que se acercan a varios hospitales públicos de Madrid. Ni la implantación del Servicio de Estacionamiento Regulado (SER) ni la acción policial han conseguido acabar con esta práctica, tan enraizada en muchas ciudades desde hace años, y que continúa en aumento, especialmente en algunas zonas.

La masiva llegada de inmigrantes provoca que muchos tengan que buscarse un medio de vida, ante la falta de trabajo. Y el más usual se está convirtiendo en el de aparcacoches. Los "gorrillas" han encontrado en los aparcamientos del Hospital Clínico o del Ramón y Cajal un granero en el que sacarse hasta 30 euros diarios.

Desde primera hora de la mañana, una decena de hombres, todos del África subsahariana, se reparten el espacio disponible en el estacionamiento del Clínico (distrito de Moncloa-Aravaca). Hasta aquí llegan miles de personas cada mañana, para acudir a sus consultas de especialistas. Ditou y Jeffer discuten sobre la "posición" que deben ocupar hoy. "Ayer se la cambiaste a aquél", espeta Ditou a su compatriota senegalés, "así es que hoy me toca a mí aquí".

Peleas por el "mejor" sitio

Conscientes de que, cuanto más cerca de la entrada se sitúen, más dinero recaudarán, surgen los primeros problemas. Pronto se solucionan, ante la llegada de los primeros enfermos al hospital. No sólo se encargan de buscar alguna plaza libre, sino también a realizar indicaciones para que aparquen con facilidad. "Cuanto más les ayudes, más dinero te dan", asegura otro "gorrilla".

Desde el otro lado del parabrisas del vehículo, las cosas se ven muy diferentes. Manuela, de unos 50 años, ni siquiera se atreve a salir de su turismo. Le da miedo. Su cara lo dice todo. Finalmente, accede a salir con un euro preparado en la mano. Se lo da a uno de los "gorrillas", se asegura de que ha cerrado correctamente su coche y sale corriendo. "No sé por qué les damos miedo", asegura un compañero senegalés. "No hacemos nada, sólo intentamos ganarnos la vida".

Sin embargo, Manuela, como otros muchos usuarios de estos aparcamientos públicos, no opina lo mismo. "¿Por qué estoy obligada a pagarles, si ya pago por el estacionamiento?", se pregunta. "Todos sabemos que, si no pagamos, nos rayan el coche", explica Luis María, aunque su acompañante asegura que se trata de una leyenda "que nunca se cumple".

A medida que va pasando la mañana, quedan pocos sitios con los que hacerse para sacar algún euro más. "De media", explica Chris, "nos dan un euro", y sacan unos 30 por día.

Impuesto revolucionario

Pero no todo el mundo está dispuesto a abonar esta especie de "impuesto revolucionario". Muchas veces, han sido amenazados por los conductores, e incluso agredidos -aseguran-, aunque la mayor parte de los ciudadanos se limitan a acelerar y a buscar una plaza libre allí donde no hay ningún "gorrilla" que le indique dónde debe estacionar. En el aparcamiento del Hospital Ramón y Cajal sucede prácticamente lo mismo cada mañana. "Si vas a La Paz", explica una enfermera de este centro, "no hay, porque allí existe la zona azul, pero aquí no, y se vienen porque saben que va a haber sitio que indicar a la gente". De vez en cuando, en los alrededores de este centro sanitario, aparece una patrulla de la Policía Municipal. Los "gorrillas" saben perfectamente que, como mucho, les pueden pedir la identificación, pero no les pueden sancionar por el simple hecho de estar en la calle. "Solamente si conseguimos cazarles cogiendo dinero, es cuando podemos multarles", asegura un agente de Policía Municipal a ABC. La sanción, recogida por las ordenanzas municipales, es de 90 euros, pero se aplica muy pocas ocasiones. "Es una labor muy difícil", reconoce otro agente municipal.

Pero los estacionamientos de los hospitales no son los únicos lugares en los que los "gorrillas" han encontrado un buen granero para realizar su labor. En los aledaños de la calle General Rodrigo -donde se encuentran varias clínicas privadas-, también son cada vez más frecuentes. Por un lado, porque "viene gente mayor y ellos les ayudan tanto a aparcar como a salir del taxi", explica el propietario de una cafetería próxima. Pero además, porque cerca de esta zona se encuentra la Delegación Central de la Agencia Tributaria, a la que se acuden miles de personas, sobre todo durante estos días previos a la presentación de la Declaración de la Renta. "Saben muy bien dónde tienen que trabajar", explica un taxista. Cuando hay un partido de fútbol, un concierto o una corrida de toros, allí están los "gorrillas". Otro lugar en el que han encontrado la posibilidad de obtener dinero es en los aledaños de la catedral de la Almudena. Allí, en la Cuesta de la Vega -la calle que atraviesa el parque de Plasencia, desde Virgen del Puerto hasta la calle Bailén-, los fines de semana se encuentran hasta una veintena de gorrillas, la mayoría, procedentes del centro asistencial que el Ayuntamiento tiene en la zona.

La mayor parte de los conductores que intentan buscar una plaza en esta zona son jóvenes que se dirigen a La Latina los domingos. En general, no se oponen a darles una propina, aunque muchos ya están cansados de que, todos los fines de semana, tengan que desembolsar algunas monedas por un aparcamiento público.

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17/06/2008 - 19:34:05

Hace cinco años compramos un pisito en el madrileño barrio de Begoña, a menos de cien metros del Hospital Ramón y Cajal. Lo que, en un principio, era un lugar casi idílico, se fue convirtiendo, unos ocho meses después -coincidiendo cronológicamente con el triunfo del PSOE en las elecciones generales de 2004- en un pequeño gueto de inmigrantes pedigüeños que se empezaron a apostar en las inmediaciones del hospital para conseguir "una propina de un euro" de los incautos conductores que pretendían aparcar en la zona.

El gueto fue creciendo poco a poco-por el "efecto llamada", supongo- y, a día de hoy, puede haber más de treinta personas que "trabajan" en 200 metros, entre las calles de San Modesto y Antoniorrobles -un "gorrilla" para cada dos o tres coches-, de lunes a domingo y desde las ocho de la mañana hasta las nueve de la noche en varios turnos.

Hay "gorrillas" rumanos y, sobre todo, subsaharianos de distintas nacionalidades. Pero todos quieren lo mismo: "un euro" por hacer que ayudan a aparcar a los vecinos, enfermos, pacientes y visitas que acuden a diario al Ramón y Cajal.

Algunos vecinos pensaron, en un principio, que el incipiente problema podría atajarse si en el barrio se pusieran parquímetros. Sin embargo, en el cercano Hospital de La Paz, la ORA no ha disuadido a los "gorrillas". En esta zona, los conductores ahora tienen que pagar dos impuestos en vez de uno: el legal municipal y el "revolucionario" de los "gorrillas".

Los "gorrillas" son así llamados porque suelen llevar puesta una gorra de béisbol y portan en la mano un periódico enrollado que mueven hacia arriba y hacia abajo y en círculos (como si fuera una batuta), con el que guían a los conductores, a modo de improvisados directores de orquesta.

Se erigen en guardias urbanos, aunque no respetan las normas más elementales de circulación -caminan por el medio de la calle, cruzan por lugares indebidos y sin mirar, lo que provoca situaciones de riesgo para los conductores-, paran el tráfico, instan a que se aparque en cualquier sitio, retiran vallas y conos, y deciden cómo se tiene que aparcar (en línea o en batería), según haya más o menos demanda de aparcamiento. En pocas palabras: son los amos de la calle.

Aunque haya sitios de sobra y el incauto conductor vea desde lejos el hueco en el que pretende aparcar, un rápido "gorrilla" aparece de entre los arbustos y exige, (sí, exige), "una propina para comer". Y todos pagamos, algunos por lástima y otros por miedo. A menudo se ven coches rayados, cristales de retrovisores rotos y alguna rueda pinchada. ¿Casualidad? Cualquiera sabe.

Los "gorrillas" exigen "una propina para comer". No tienen, según ellos, qué llevarse a la boca, pero usan teléfonos móviles con cámara y con música que bailan desaforadamente, fuman Winston y "otras cosas", hablan a gritos entre ellos a cualquier hora del día, orinan en plena calle, comen sentados encima de los coches y tiran al suelo los vasos de plástico de los cafés que compran en máquina de las Urgencias del Ramón y Cajal.

¿Y la Policía? La Policía pasa por estas calles un par de veces al día. Está unos diez minutos, multa a los vehículos mal aparcados (que son muchos), la grúa se lleva alguno que estorba, los "gorrillas" se hacen un poco los disimulados y, cuando los municipales han terminado la ronda y se han ido, regresan al "trabajo" y todo vuelve a ser como antes.

¿Por qué yo, que vivo aquí y estoy empadronada aquí, tengo que esperar hasta las nueve de la noche para poder aparcar en mi casa si no quiero contribuir con esta extorsión? ¿Por qué estos señores no se dedican a buscar trabajo y nos dejan en paz a los demás?

Si accediera a pagarles tendría que empezar por descontar más de treinta euros al mes, porque el coche lo usamos mi marido y yo a diario. Los fines de semana, a veces, no salimos; pero otras, lo hacemos dos o más veces en un mismo día, y aparcar es tener que pagar al "gorrilla" de turno un euro-ya sea para estar todo el día en esa plaza, o para estar en ella cinco minutos-.

Empiezo a estar un poco harta de esta inmigración incontrolada que nos ha traído a este grupo de maleducados, chillones y extorsionadores que se han hecho los dueños de esta calle. Por favor, ustedes que hablan con los concejales, a ver si es posible solucionar esta situación que empieza a ser insostenible.

Que yo sepa, aún no ha pasado nada: sólo cabreos e insultos a los "gorrillas" por parte de algún conductor, alguna pelea entre dos "gorrillas" por ver quién se queda con el euro. Pero se respira calma "chicha" en el barrio -ya que, en los últimos días, ha llegado una nueva remesa de "gorrillas" toxicómanos- y estoy segura de que, tarde o temprano, esto va a estallar.

Espero que no me pille en medio.

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