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El temporal deja su huella a su paso por el litoral vizcaíno

17:35:49 - 13/03/2008VMT -Afectados relatan la angustia vivida cuando el oleaje provocó un rosario de daños y puso en peligro vidas

El cóctel de mar gruesa y viento que se abatió el martes sobre la costa vasca en general y la vizcaína en particular dejó un sinfín de daños por los pueblos pesqueros. Los municipios afectados por el temporal se zambullen ahora en cuantificar los daños ocasionados por el fuerte oleaje, mientras cientos de personas han comenzado a reclamar las indemnizaciones por desperfectos sufridos en su patrimonio. Barcas hundidas, negocios hosteleros reventados, turismos en el mejor de los casos abollados, instalaciones deportivas... El rosario de desperfectos parece no tener fin. Vizcaya y Guipúzcoa dibujan el segmento de costa más afectado del Cantábrico. Ayer, todavía con el susto en el cuerpo, varias personas relataban para EL CORREO las impresiones de una jornada donde la fuerza del mar amenazó sus bienes y, en algunos casos, incluso su integridad física.

Rafael Santobeña, directivo del Castro Urdiales

Castro se afanaba ayer en lamer sus heridas. Buena parte del casco histórico quedó anegado y el paseo marítimo perdió su mobiliario urbano. El Gobierno central ha anunciado que pondrá en marcha un plan de emergencia para devolver a la localidad su aspecto original antes de Semana Santa. Las pérdidas económicas son importantes y el trabajo que queda por delante será duro. Una de las infraestructuras más dañadas fue el pabellón de actividades náuticas, sede de la Sociedad de Remo y el club de piragüismo "Kayak". Rafael Santos, uno de sus directivos, comentaba ayer que este equipamiento es un blanco fácil cuando el mar despliega toda su furia. Situado frente a la rampa de San Guillén, el fuerte oleaje rompió de lleno sobre las instalaciones y se llevó por delante una de sus paredes y tres puertas. Una vez dentro, el agua destrozó tres bateles y 200 remos. El mar ya dio un aviso la semana pasada, cuando a modo de protección colocaron sacos de 1.500 kilos de piedras en los accesos. Pero sirvió de poco. "El mar se los llevó como azucarillos".

En siete años en el pabellón de actividades náuticas, los remeros "nunca habían visto nada igual". Los destrozos les han pillado en plena liga de bateles y a punto de empezar los entrenamientos para la competición de trainerillas. Ahora, deberán apañarse como puedan. "Hay que tirar para adelante, pero esto rompe el ritmo del club. Además, tememos que vuelva a pasar. El parte para este domingo anuncia olas de hasta 6 metros", decía Rafael ayer con preocupación.

Carlos Zabalo, dueño del restaurante Ibai-Alde, Muskiz

Ningún vecino del barrio muskiztarra de Pobeña recordaba ayer una marea como la que se abatió sobre ellos el martes. El agua arrasó la playa de La Arena, desbordó la ría del Barbadun e inundó los bajos de algunas viviendas y varios locales hosteleros. El restaurante Ibai-Alde, por ejemplo, pagó con el cierre su idílico emplazamiento junto a la marisma. "Menos mal que no llovió. Hubiera sido tremendo", se consuela Carlos Zabalo, su propietario.

El negocio de Zabalo permaneció cerrado al público varias horas. Fue el ejemplo más claro de los estragos causados por la marea en Muskiz, pero no el único. Aunque el casco urbano permaneció ajeno al desastre, el municipio perdió con el temporal uno de sus iconos más singulares. La furia de la corriente derribó y ocultó bajo las aguas el centenario y maltrecho cargadero de mineral de Kobaron, que será reconstruido. Los accesos a la ya desaparecida estructura quedaron cortados al paso de viandantes y pescadores. El precinto de seguridad se mantendrá hasta que un estudio geológico dictamine los daños ocasionados por el mar en los acantilados de la senda Itsaslur.

Javier Ugalde, propietario del Getxo Nautic

La borrasca tampoco tuvo piedad del barrio getxotarra de Algorta. Los golpes más fuertes de mar destrozaron de madrugada los cristales de seguridad de Getxo Nautic, uno de los muchos negocios que jalonan el Puerto Deportivo. Su propietario, Javier Ugalde, no daba crédito a lo sucedido. Una ola enorme hizo añicos los cristales de su establecimiento, de dos centímetros y medio de grosor, ideados para aguantar temporales.

"Me llamaron por teléfono los de seguridad para decirme: "¿Javi, esto está destrozado!"", comenta el empresario. Treinta minutos más tarde, cuando inspeccionaba los daños en compañía de cuatro ertzainas, otra ola les sorprendió dentro de la lonja. Ugalde apunta que "ellos tenían botas de agua y echaron a correr hacia el fondo, pero yo, que estaba con zapatos, salté encima del mostrador para que no me arrastrase el agua". Enormes piedras y losetas que arrancó el mar del paseo acabaron en el interior del local. "El agua tenía tanta fuerza que se llevó las piedras de los jardines, algunas de hasta 25 kilos", explica.

Juan Carlos García, patrón del "María Digna II" de Bermeo

La sirena de la Cofradía de Pescadores sobresaltó a los vecinos de Bermeo al filo de la medianoche. Su sonido anunciaba peligro y los arrantzales bajaron a la carrera hasta el puerto para asegurar sus embarcaciones. Estaba en juego su medio de vida. Juan Carlos García, patrón del "María Digna II", fue uno de ellos. En su camino se topó con numerosos compañeros. Al llegar a la dársena se dieron cuenta de que la situación era "crítica". Todas las miradas se dirigían una y otra vez hacia el rompeolas. Su única defensa, aunque en este caso poco efectiva, ya que la mar también arrancó buena parte de su estructura. "El oleaje sobrepasaba el dique con facilidad mientras nos afanábamos en afianzar los amarres de las embarcaciones. Parecía un tsunami".

El embate de las olas y el remolino que producían en el interior del puerto rompió los cabos de proa del "María Digna II". La tensión crecía por momentos. "Subí al puente de mando y mi socio cortó las cuerdas de popa porque podíamos ir a pique", reconoce. Cuando parecía que la situación estaba relativamente controlada, la mala suerte estuvo a punto de jugarles una mala pasada. Una de las cuerdas se enredó en la hélice y el barco quedó a la deriva ante la imposibilidad de arrancar el motor. "Pensé que perdíamos la embarcación y también la vida", asegura. La corriente, sin embargo, acercó la nave hacia el muelle y "desde tierra nos echaron varios cabos con los que conseguimos estabilizarla. Jamás imaginé algo así. Lo vi todo negro".

En la dársena deportiva, la situación también fue caótica pese a contar con mayor abrigo. Quienes habían aparcado sus vehículos en la zona de Frantxua no pudieron hacer nada por salvarlos del ímpetu del mar. "Quedaron completamente aplastados", recuerda Juan Carlos, que reclama la instalación de "unas boyas en condiciones y alineadas" para reducir en lo posible situaciones como la vivida en la madrugada del pasado martes.

Jesús Mari Zuazo, regenta el bar "El Bodegón" de Ea

Para "Perejil", como le conocen sus amigos en Ea, borrar de la memoria lo ocurrido el martes será "imposible". El oleaje arrasó por completo su bar-restaurante , "El Bodegón, situado a pie de playa. El temporal mostró su mayor virulencia en la pequeña localidad vizcaína sobre las seis de la mañana. A esa hora, la mayoría de los vecinos salieron sobresaltados a la calle para presenciar las acometidas del mar. Las olas se ensañaron con el mobiliario. "Mi hermana me llamó asustada por todo lo que veía. Yo me asomé a la ventana porque vivo justo encima del bar y me quedé perplejo", asegura. El maretón se tragó el parque infantil de la playa y media docena de embarcaciones.

"No es que pasara miedo, pero algo de acojono sí. En cuarenta años que vivo aquí no había visto nada parecido", relata. Las olas saltaron por encima del frontón y arrancaron de cuajo la puerta de su bar hasta inundarlo todo. "El agua alcanzó los sesenta centímetros de altura". Pasado el peligro, los vecinos trabajaron hombro con hombro con los que salieron peor parados, mientras algunos se afanaban en retirar la arena que cubrió la calle.

La Semana Santa está a la vuelta de la esquina y en los próximos días intentarán reparar todo a contrarreloj para estar listos lo antes posible y atender a los numerosos turistas que acuden al municipio.

Mikel Ugalde, encargado del carro varadero. Ondarroa

Mikel Ugalde está acostumbrado a trabajar escuchando el murmullo de las olas, no en vano es el encargado desde hace 20 años del carro varadero del puerto de Ondarroa. "Desde nuestro lugar de trabajo, todos los años vemos y vivimos temporales, algunos más fuertes que otros, pero como el de esta vez, nunca", recalcaba ayer. En la villa costera, todo el mundo comparte su opinión. El mar saltó el dique, destrozando el edificio donde se ponen a punto los pesqueros. Tras abrir dos enormes socavones en un lateral y en la parte trasera del inmueble, arrasó con todo.

Destrozó el transformador grande -dejó los almacenes sin suministro-, los cuadros de maniobra, los depósitos de material y dañó la zona de motores de los cabrestantes de los carros. La cubierta de cobre también resultó muy afectada. Ugalde y el resto de empleados del varadero comprobaron los desperfectos en cuanto el temporal comenzó a remitir. "Cuando pasamos todavía llegaban las olas, pero no con la fuerza de las primeras horas, cuando no se nos permitió ni acercanos porque poníamos en peligro nuestra vida", recuerda.

Desde la distancia observaron cómo el mar arrasaba su puesto de trabajo. "Las olas pudieron con todo. Al menos lo peor tuvo lugar fuera de las horas de trabajo". Sin embargo, un mecánico de 31 años fue zarandeado por las olas a la altura del carro varadero, provocándole heridas leves. Tras ser atendido en un centro hospitalario, fue dado de alta. Sus compañeros recuerdan que el joven pasó momentos de verdadero apuro al ser vapuleado sin piedad hasta quedar enganchado contra un amasijo de hierros.

Los empleados del carro, por su parte, se afanaban ayer en recuperar la normalidad lo antes posible. "Los daños económicos son cuantiosos y difíciles de calcular en un primer momento. Lo importante ahora es poner en marcha el servicio, cuanto antes. Estamos a la espera de reponerlo provisionalmente con grupos electrógenos", declara Ugalde. Las autoridades portuarias todavía mantenían el cartel de prohibido pasar. Saltan las olas.

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